martes 10 de enero de 2012

Sin invierno en La Cebollera Nueva

Eramos diez, 8 de siempre, uno nuevo, y el invierno del 7 de enero. Todos estuvimos a la altura, salvo el invierno, que se escondió por ahí, detrás del sol. Estuvo escondido todo el día, no apareció ni en la cima, donde había un restaurante fabuloso, con vistas al mundo entero, con olor a lagartija al sol, con que me bebo los vientos tras estos muros. Qué día!

Salimos de Horcajo, venía también Isidoro, corría el frío por esas calles heladas y nos pusimos todo el abrigo encima. Era camino nuevo, dentro de un bosque de robles y acebos, cada vez más bonito. Y era nuevo. El sendero. Los acebos brillando, y el bosque calentito porque se paró el viento. Empezó el quitarse ropa, que siguió el día entero. Luego pasó lo de será por aquí o por allí, yo creo que mejor éste, ¿ves?, aquella es la Cebollera Nueva, allí vamos. Más tarde hay que subir una cuesta, un cortafuegos…

Já!, los cortafuegos fueron tres, como las hijas de Elena. Al terminar el primero, dos hombretones, montañeros fetén, aliento de senderistas, se dieron la vuelta. Decían que “tenían compromisos en Madrid”. Luego lo entendimos. Es que quedaban dos cortafuegos más. Ya éramos sólo siete, pero subimos, y volvimos a subir, como oliéndonos que aquello valía la pena. Y vaya si lo valía. Allí arriba todo era transparente, inmenso, ondulante, precioso. Y eso que era un cacho de mundo.

Nos quedamos haciéndole compañía a la Cebollera Nueva todo lo posible, todo lo que dio el reloj, y bajamos en unas 2 horas y media. Justo a tiempo. Según bajábamos, los que se orientan descubrieron otras maneras de ir y venir. Y una maquinita infernal (tableta) de Isidoro dijo que habíamos acumulado 859 metros de desnivel y que habíamos andado X kilómetros, mientras tomábamos tés y cola-caos y cervecitas. Lo que os habéis perdido.

Los nueve: Carlos, Isidoro, Jose Antonio, Juana, Mateo, Pepe, Rafa, Rosa, Susana

Susana