La Cabra se portó

La Cabra se portó y el grupo también, y eso que uno de los jefes, ahí, en la misma plaza del pueblo, hizo de jefe, y afeó lo de llegar tarde. Pero con o sin reloj, mucha casta, ta-ta-cháaaan, todo el grupo lo subió todo.

Con sol -sostenido- salimos de La Puebla por el bosque de robles, llegamos al Collado Cimero, y a la derecha subimos toda la cuerda -llena de picos- hasta llegar a la Peña de La Cabra. Sin comer, con cacahuetes. La subida a la cima y la propia Peña se portaron, merecen ser un dos mil, con nieve, suelo resbaladizo, piedras móviles, brezos helados, montañeros rampantes, frases de -por aquí mejor- y, en llegando, vistas de reportaje. No se pudo cantar el Titiríti por falta de metros, ni entonar el 'lo que os habéis perdido' porque estábamos todos*.

Más abajo, un líder encontró un restaurante de esos con reservados de roca protegidos del viento, que luego no había quien nos sacara de ellos. La vuelta fue por la misma cuerda, ahora convertida en nevera cinco estrellas, hasta llegar al prado de la sandía de Maxi (el tal collado Cimero). Allí, junto al bosque de robles apareció un enanito con gorro rojo, amigo de otro líder, y nos siguió bajando. Por el camino trabajaban los podadores de robles centenarios de La Puebla, y al llegar abajo nos cayeron cuatro copos de nieve. Uno del bar nos vaciló con que en el puerto ya trabajaban las quitanieves y tendríamos que quedarnos a dormir allí; que tenían camas, y que el dueño era su primo. La crisis con guasa, pasa.

* "todos" = 14 = Carlos, Carmen, Fidel, Jose Antonio, Juana, Luz, Magu, Mateo, Marta, Pepe, Rafa, Rosa, Susana, Vicky.

Susana

La Cabra, La Cabra, ...

Necesitábamos visitar La Cabra para cargar pupila visual y al tiempo, cuando como ayer nos encontramos algo de nieve, imaginarnos en las altas sierras. Solo unos minutos en la cumbre desata el optimismo y afloja la sonrisa, sobre todo si el sol ilumina la visual inmensa.

Pepe y Carmen regresaron al puerto, donde habían dejado el coche. Los demás, por donde habíamos venido.

El viento frio en el regreso nos hizo difícil encontrar abrigo para la comida, pero no impidió cobijarnos entre unas  rocas, para compartir bebidas y viandas  y glosar los últimos acontecimientos. Las palabras se las llevó el viento.

Los leñadores seguían podando los árboles en las dehesas de La Puebla cuando llegamos cerca de las 6 de la tarde.


Fotos cedidas por Mabu Arranz

Datos de la marcha
Fecha:28 de enero de 2012
Recorrido:Lineal, ida y vuelta
Itinerario:Puebla de la Sierra - Collado Cimero - Peña la Cabra
Distancia:15 Km
Ascensión:700 m
Duración:7h
Participantes:Carlos, Carmen, Fidel, José Antonio, Juana, Luz, Mabu, Marta, Mateo, Pepe, Rafa, Rosa, Susana y Viqui

Carlos

Mucha participación

Asistencia como en los viejos tiempos, lo que demuestra que hay presente y futuro. Retirada de Teo, Bus y sus amigos a las dos horas de marcha, y de Javier poco después. Jose, Gema, Aurora, Alberto, Susana, Mabu y Carlos nos ahorramos el cortafuegos final, cada uno por un motivo diferente, todos justificados por la necesidad de llegar pronto Madrid.

La crisis no ha llegado al monte, siguen sin cobrar la entrada, la sequía no se nota, aunque la ausencia de nieve sorprende en estas fechas propias de guetres. Sol en los bajos y nieblas y viento en las alturas.


Fotos cedidas por Javier Seijas

Datos de la marcha

Fecha:21 de enero de 2012
Recorrido:Circular
Itinerario:La Acebeda - Ermita de los Prados del Saz - Pista forestal La horizontal - Cerro del Gargantón - Pto. de la Acebeda - La Acebeda
Distancia:18 Km
Ascensión:600 m
Duración:7h
Participantes:Alberto, Aurora, Belén, Boni, Bustar, Carlos, Carmen, Chus, Fidel, Gema, Javier Seijas, Jose Mari, Jose T., Mabu, Mateo, Pepe, Pili, Rafa, Rosa, Susana, Teo y Viqui
Antecedentes:5/01/2008 »reseña »reseña

Carlos

Águila sí, Cabra no

El 14 enero íbamos a ser 16, pero dos amanecieron malitos, y les dimos permiso para cuidarse, así que, catorce.

Desde Berzosa, los líderes nos llevaron derechos hasta la cuerda, pasando por un bonito abrevadero en el bosque, agua sí hay. Encontraron un modo inclinadillo de llegar arriba cuanto antes, y desde entonces toda la marcha fue en technicolor y cinemascope. Desde el collado de Peñaparda, más que cuerda lo que hay es una cadena de picos, de las que hacen perder cota, reganarla, aumentarla y engordar el desnivel acumulado, pero gusta más subir así, en panorama, que viendo suelo.


Contentos, naturales, campechanos, llegamos a la Peña del Águila, la pasamos de largo y seguimos subiendo y bajando en olas hasta que aparecieron las crucianas (antes del Collado de la Tiesa). Restos fósiles del movimiento de trilobites sobre el barro. Del movimiento. Guau. Mientras unos atendíamos a las explicaciones, los relojes hicieron las dos de la tarde, los buitres y los parapentes acudieron al cielo, nuestra hada-foto revoloteó de enfoque en enfoque, y los líderes comunicaron que no teníamos tiempo para ir a la Cabra. Así que comimos por ahí, en un “restaurante” de dos pisos, con solecillo neblinoso. Tras poca o ninguna siesta, un viento frío nos puso en marcha relativamente pronto, y hala, a Berzosa, recogiendo piedras por el camino.

Llegamos con la puesta del sol y, todo por la ciencia, con unas 14 piedras. De ahí al bar calentito, y de ahí a los coches para volver. Pero el coche de la cronista decidió no conectar sus luces de cruce. Por suerte, aún estaban ahí Jose Antonio, Juana y Mamen, dispuestos a lo que fuera. Jose Antonio hizo y pensó todo lo que pudo sobre el problema, gracias, caballero de las luces. Al final, conductora y coche volvieron a Madrid charlando animadamente con el “gruero” del Seguro, hasta la misma puerta de casa. Y resulta que era de El Cardoso, que conoce esos montes, y que tenemos un nuevo amigo.

Dieron que hablar: el sombrero de Maxi, las capas de pantalón de Mamen, el verbo “hollar”, el móvil de Fidel y las berzas regaladas en el pueblo.

Los catorce: Belén, Carlos, Fidel, Guida, Jose Antonio, Juana, Luz, Magu, Mamen, María, Maxi, Pepe, Susana, Vicky.

Susana

Sin invierno en La Cebollera Nueva

Eramos diez, 8 de siempre, uno nuevo, y el invierno del 7 de enero. Todos estuvimos a la altura, salvo el invierno, que se escondió por ahí, detrás del sol. Estuvo escondido todo el día, no apareció ni en la cima, donde había un restaurante fabuloso, con vistas al mundo entero, con olor a lagartija al sol, con que me bebo los vientos tras estos muros. Qué día!

Salimos de Horcajo, venía también Isidoro, corría el frío por esas calles heladas y nos pusimos todo el abrigo encima. Era camino nuevo, dentro de un bosque de robles y acebos, cada vez más bonito. Y era nuevo. El sendero. Los acebos brillando, y el bosque calentito porque se paró el viento. Empezó el quitarse ropa, que siguió el día entero. Luego pasó lo de será por aquí o por allí, yo creo que mejor éste, ¿ves?, aquella es la Cebollera Nueva, allí vamos. Más tarde hay que subir una cuesta, un cortafuegos…

Já!, los cortafuegos fueron tres, como las hijas de Elena. Al terminar el primero, dos hombretones, montañeros fetén, aliento de senderistas, se dieron la vuelta. Decían que “tenían compromisos en Madrid”. Luego lo entendimos. Es que quedaban dos cortafuegos más. Ya éramos sólo siete, pero subimos, y volvimos a subir, como oliéndonos que aquello valía la pena. Y vaya si lo valía. Allí arriba todo era transparente, inmenso, ondulante, precioso. Y eso que era un cacho de mundo.

Nos quedamos haciéndole compañía a la Cebollera Nueva todo lo posible, todo lo que dio el reloj, y bajamos en unas 2 horas y media. Justo a tiempo. Según bajábamos, los que se orientan descubrieron otras maneras de ir y venir. Y una maquinita infernal (tableta) de Isidoro dijo que habíamos acumulado 859 metros de desnivel y que habíamos andado X kilómetros, mientras tomábamos tés y cola-caos y cervecitas. Lo que os habéis perdido.

Los nueve: Carlos, Isidoro, Jose Antonio, Juana, Mateo, Pepe, Rafa, Rosa, Susana

Susana