Pues así no lo habíamos preparado...

En realidad fue Rafa, el solo, el que, acordándose de las sensaciones trasmitidas por el bosque del Río Moros, el pasado sábado, cuando nadie daba ninguna esperanza por un día lleno de negros presagios, la naturaleza, una vez más nos había respetado.

De esta manera amanecimos un grupo en el que José y Viky se sumaban a los habituales de los últimos meses: Pepe y Carmen, Rosa y Rafa, Fidel y Luz, Susana, que no me olvide, por dios, Miguel Angel y Mamen, Juana y yo mismo. No muchos para ser el primer día con augurios de comenzar la esquiva primavera. Yo se lo decía a José: bueno, una fácil entrada después de algunas semanas sin venir…. Pero no fue de esta manera. La verdad es que existe una fuerza genética en le Grupo que provoca el disfrute de complicar lo sencillo.

Así era el plan: larga marcha por el fondo del valle hasta la cantera de piedra, ya algo elevada y siempre atravesando el magnifico bosque que lo cubre por completo. El Grupo lo realizó, prácticamente sin descanso, hasta donde la pista, afortunadamente, se convierte en un deshilachado camino, no siempre visible y, como se verá más adelante, llegó a causar serios problemas. Allí en donde acababa el ancho camino, se quedaron Rafa y Miguel Angel. El lugar todo un lujo: abrigado y con vistas a los relucientes pantanos, agua corriente y pinos. Un punto en donde no sería difícil pasar un verano completo.

Sigamos. El resto de nosotros hizo el escaso kilómetro que faltaba hasta el Collado de Tirobarra (1984m) meta fijada por el organizador del paseo. La llegada se realizó a jirones. El viento, sin ser fuerte, era frío y el personal acurrucado entre las suaves matas que tapizaban el suelo se sentía feliz de ese imprevisto y forzado descanso. No hubo la más mínima discusión. Abrigándonos un poco, se comió y bebió en santa paz y, hasta algún profundo ronquido llegó a oírse al final del bendito ágape.

Mientras tanto, alguno de los presentes echaba, furtivamente, una mirada al coloso que nos vigilaba constantemente. Era La Pinareja, al alcance de la mano y de los pies, tan solo a un kilómetro y doscientos metros de subida. Toda una tentación. ¿Y después? Muy claro. El Pico del Oso, tan solo a un kilómetro del primero. Totalmente alcanzable. ¿Y después? Nada, el pequeño alto de Pasapán para que, ya de manera continua llegar al puerto. Todo cuadraba. Solo faltaban los deseos y allí estaban Jose, Carlos y Magu, Fidel, Mamen y, claro, yo. Pepe se sacrificó por conducir a buen puerto a un grupo eminentemente femenino. ¡Qué valor!

La subida a La Pinareja era constante y corta y, en veinte minutos, culminábamos la cumbre. Que bien nos encontrábamos allí con las nubes por techo y la inmensa vista de todo: la Sierra, el Valle, la planicie habitada. Descansamos poco, faltaba el Oso. En un santiamén bajamos al siguiente collado, pero la subida al Pico fue bastante más complicada que la anterior a causa de la necesidad de saltar los bloques y pedreras que sembraban el paso. Bueno, al final allí estaban los dos ositos de piedra, uno destrozado, como siempre y otro, nuevo, gracioso y mirándonos sonriente. También José les hizo varias foros y despidiéndonos de tan simpática pareja nos fuimos a la última cumbre, el Pasapán que, por eso, por ser la postrera, aunque con pocos metros, nos pareció una auténtica montaña.

Lo demás, todo fácil. Llegada al puerto de Pasapán, recorte de la carretera, bajada por el interminable cortafuegos y, por fin, el esquivo aparcamiento. Al final llegamos casi al mismo tiempo que las otras expediciones, pero eso es otra historia.

José Antonio

Pasapán y la cuenca del Moros

Este sábado, 17 abril, teníamos una predicción de lluvia del 80% para la zona del Espinar y esa cuenca del río Moros. La lluvia fue muy fuerte yendo hacia allá, antes de pasar el túnel del Guadarrama. Tan fuerte que los tres que no habíamos llegado aún, llamamos a los tres que ya habían llegado, a ver cómo estaba la cosa. Y nos animaron a seguir. Y así nos juntamos seis: Miguel Angel, en su coche azul, con José Antonio y Rafa de autostopistas. Mabu y Carlos, con su coche rojo, y yo misma.

Desde La Panera empezamos a andar con el paraguas. Llovía decidido, aunque tranquilo. Pronto tomamos el desvío a la izquierda, y hala, al cortafuegos. Y luego -dos tazas- más cortafuegos. Y aún otro más, todititos los que había. Pero todo con buen suelo mullido, y los pies contentos.

Como a las 12.30 dejó de llover. Así nos gusta. Es más, arriba, en el Collado de Pasapán, los seis, al completo, comimos con rallitos de un sol que se escaqueó de entre las nubes. Pero qué bien. Nos dio hasta para tertulia científica, sobre la vida, ni más ni menos, sí, sí, un ataque de primavera mental.

La vuelta, un placer, porque descubrimos un camino alternativo, que bajaba al estilo montañero, lleno de bosque, de pinos monumento, de suelo verde y de arroyos, y de llamadas de corzos o ciervos o lo que fuera que se oía.

Tras recorrer ese llano prodigioso que enlaza un ameno prado con otro, y tras jugar a lo de saltar-el-arroyo, llegamos a los coches. Dos salieron desde allí, y cuatro nos fuimos al bar. El bar tenía tele con toros. Sin arredrarnos nos tomamos el té, el cola-cao y las cervezas, y decidimos que valía mucho la pena volver por aquí. Unos porque qué bosques y qué vistas allá arriba. Otros por lo mismo, y porque habían venido ojo avizor pergeñando un plan, mapa en mano, gafas en ristre, quita y pon la funda de plástico.

Y así se hizo, el sábado siguiente hemos vuelto, pero esa es la siguiente crónica.

Susana

La Clásica de la Puebla

Quizás por el buen tiempo, o por que al día siguiente había cocido, o por alguna otra razón desconocida, el caso es que en la “Puebla 2010” hubo lleno hasta la bandera.


Comenzamos con el ascenso al Collado Larda, para continuar por un camino limpio y cuidado hasta el Collado Cimero. Antes del descanso ritual se planteó la alternativa, voluntaria, como todas, de ascender a Peña la Cabra (1.834 m), entre otras cosas para que Rafa el Joven pudiera ver las vistas desde su cima, en un día especialmente agradable. El esfuerzo mereció la pena para los que la hemos aceptado, pero nos obligó a los “porteadores” de la comida a hacer un esfuerzo especial para llegar a la cita del almuerzo, pasado el puerto, prácticamente a la misma hora que los que hicieron la ruta regular.


Almuerzo con vistas, sin viento, posibilidad de sol y sombra y a la hora reglamentaria. Además, dos extras de lujo: una tarta de Mamen y otra de Ángela, calificadas ambas con un AAA+. Vamos, que las condiciones perfectas, para un “dejeuner sur l´herbe”.

Nos despedimos Carmen, Pepe, Domingo y Javier, que retornan al puerto, continuamos para completar ruta coronando el Porrejón (1827 m), Collado de las Palomas, alcanzando La Puebla, vía descenso vertical, ya un poco tarde.


Relamiéndonos por el cocido de mañana, nos decimos adiós.

Datos de la marcha

Fecha: 10 de abril de 2010

Participantes: Rosa, Rafa, Mateo, Carmen, Pepe, Luz, Fidel, Maru, Rafa el Joven, Juana, José Antonio, Javier Seijas, María, Domingo, Mamen, Ángela, Mabu y Carlos

Desnivel: 1.050 para los de La Cabra y 850 para el resto

Los de La Cabra: Ángela, Mamen, Rafa el Joven, José Antonio, Pepe, Javier, Fidel, Carlos

Duración: 8 horas

Recorrido: 17 km

Primavera en La Palma

Participantes: María, Mabu y Carlos

27 de marzo. La Caldera de Taburiente por arriba

Después de una larga subida por una carretera de continuas curvas (más de 30 km y 2.400 m de desnivel), desde La Palma hasta el borde de la Caldera, decidimos empezar a caminar en el Mirador de los Andenes. Vistas enormes hacia el este, con caída al mar, y en el oeste donde se encuentra 2.000 metros más abajo, el fondo de la Caldera. El camino, parte del GR 131, perfectamente señalizado discurre en su integridad por la cuerda, volcán que eructó hace millones de años, y cuyo cráter tuvo un deslizamiento en una de sus lados hace sólo 700.000. Con continuas subidas y bajadas, saludos a los caminantes (extranjeros la mayoría) y admiraciones ante la vista de los colores típicos de las zonas volcánicas y de las extrañas formaciones pétreas de almohadillas, roques, coladas, y diques (parecen antiguas construcciones) llegamos al Roque de los Muchachos (2.426 m.) donde se encuentra una multitud de observatorios de casi todos los países europeos y algunos coches de los que prefieren llegar sin caminar. Un breve descanso y continuamos hasta el Espolón del Roque, balcón colgado sobre el fondo de la Caldera. Retorno para buscar un buen sitio para comer. Nos decidimos por uno próximo a un observatorio solar sueco y al lado de donde se supone que existió un antiguo poblado benahoarita (los pobladores de Benahoré antes de 1492) y volvemos sobre nuestros pies pasando otra vez por la famosa “pared de Roberto” (un dique con una curiosa puerta por la que pasa el camino, en torno al que circulan leyendas de amoríos) hasta el punto de partida. Era ya un poco tarde para continuar hasta el próximo Pico de la Cruz.

Distancia: 8 km
Desnivel: 300 m
Tiempo: 6 h

28 de marzo. El bosque de Los Tiles

Salimos del Centro de Visitantes por el PR 6 e inmediatamente estamos inmersos en un frondoso bosque de laurisilva, que es la denominación de árboles muy parecidos al laurel (tilos o tiles, barbusanos, viñátigos, delfinos, aceviños) y de otros arbustos y helechos gigantes como nunca antes habíamos visto. Nos acompaña en el camino el cántico de los pájaros y el murmullo de los continuos cursos de agua. Estamos, según he visto en un mapa de relieve, en el barranco más profundo que desde los altos de la Caldera se abre hacia el este. Después de 2 km de marcha ascendemos a un espectacular mirador desde el que se aprecia una enorme masa verde y se puede oír la consagración de la primavera, interpretada en esta ocasión por canarios, bisbitas, pinzones, herrerillos, mirlos, capirotes, petirrojos y lavanderas; a la percusión, grajos, cuervos y cernícalos. Abandonamos la pista por el PR hasta que nos encontramos con una señal de prohibido el paso. Vuelta a la pista hasta que finaliza abruptamente, en lo que parece que en su día fue una mina. No tenemos más remedio que descender al Centro de Visitantes, donde a la sombra de la laurisilva, rodeados de trinos de pájaros y música lejana procedente de un merendero, damos cuenta del bocata. Después de comer visitamos el Centro donde nos explicaron que el sendero estaba en muy mal estado, debido a los destrozos causados por el duro invierno, para posteriormente tomar café en el merendero.

Distancia: 5 km
Desnivel: 300 m
Tiempo: 4 h

29 de marzo. El interior de la Caldera

En el Centro de Interpretación del parque nos recomiendan esta ruta y nos venden una Guía de la Caldera, con lo cual creíamos que era suficiente bagaje para a través del PR 13 llegar a la Zona de Acampada, situada en el centro de la Caldera. Dejamos el coche en el parking situado a la entrada del Barranco de las Angustias, donde nos ofrecen subir en taxi hasta Los Breciños y hacer la ruta toda en descenso. No aceptamos y nos internamos en el barranco que en verano esta seco, pero en esta primavera en nada tenía que envidiar a los ríos de Pirineos. El primer kilómetro es por el cauce del río con continuos vadeos de un lado al otro. Posteriormente se alternan los vadeos con un precioso sendero entre pinos canarios, resistentes al fuego y lavas, cactus y cientos de especies vegetales. El avance se hace costoso; sólo la belleza del lugar con la visión del borde superior de la Caldera 2.200 metros más arriba, nos hace seguir adelante. Al llegar a la zona llamada Dos Aguas, dos ríos que se unen (uno cristalino y el otro rojizo y amarillento debido a arrastres de hierro), nos tenemos que descalzar para cruzar el cauce. Unos metros más arriba, al lado de la Cascada de Colores, decimos que era hora de almorzar e iniciar el regreso, otra vez con multitud de vadeos y continuos saludos a caminantes, la mayoría alemanes de mucha edad pero en buena forma física. Más tarde nos enteramos que este camino en verano es muy sencillo, pero este año, con todo lo que había caído sólo hacia unos días lo habían abierto al paso.

Distancia: 11 km
Desnivel: 400 m
Tiempo: 7 h

30 de marzo. La ruta de los volcanes

Con 5º C y una intensa niebla llegamos a la Zona Recreativa del Pilar para hacer un tramo de la ruta de los volcanes. Estamos otra vez sobre el GR 131, sendero espectacular, señalizado como nunca había visto antes y perfectamente habilitado para caminar. Después de abrigarnos con todo lo que teníamos y echar de menos los forros, los guantes y los gorros iniciamos rápidamente la marcha. Afortunadamente, después de media hora superamos el mar de nubes y estamos disfrutando de un sol intenso y agradable, sin nada de viento. A lo lejos otra vez las cumbres de la Caldera, con unos minúsculos puntos blancos que se corresponden con los observatorios astronómicos. Nos impresionan las vistas y la señalización de todos los senderos, con marcas en todos los cruces de los múltiples PR y SL (senderos locales) que cruzamos. ¡Algunos cruces hasta están señalizados por duplicado, con señales de distintas formas y colores! A las dos horas de marcha llegamos al cráter del Hoyo Negro, espectacular agujero de múltiples formas y colores que se activó por última vez en 1949. Nos detenemos un buen rato acercándonos con precaución a su borde. Al lado el volcán Nombroque y un poco después el San Juan. A continuación, al cruzar un alto, vemos un impresionante mar de lava, fruto de la erupción del Duraznero. Cerca de las tres llegamos al punto más alto de la ruta (1.931 m), los volcanes de las Deseadas, desde donde regresamos después de comer en la ladera del Duraznero, cuyo cráter bordeamos en nuestro descenso. Unos metros antes de llegar otra vez el intenso frío y niebla. De nuevo a abrigarse y, corriendo, al coche y a la ducha. ¡Qué maravilla de día! Queda pendiente para otra ocasión completar la marcha hasta los faros de Fuencaliente situados en el vértice sur de la isla, al lado de unas salinas artesanales, blanco sobre negro, pasando antes por los jóvenes volcanes San Antonio y Teneguía que eructó por última vez del 26 de octubre hasta el 18 de noviembre de 1971. Lo pudimos comprobar al día siguiente, dedicado a descansar de marchas y a visitas turístico-sociales.

Distancia: 18 km
Desnivel: 600 m
Tiempo: 7 h

1 de abril. Bajada a Los Cancajos

Despedida de La Palma, armados con la maravillosa guía de la Red de Senderos de la Palma comprada el día anterior, (¿por qué no hay en Madrid una Guía semejante?). El paseo consiste en una pequeña bajada desde el Parador hasta la playa de Los Cancajos por el PR 18.1, con posterior retorno. El camino discurre por zonas semiurbanas entre plataneras y campos de labor, hasta llegar a un par de calas de arena negra negra con agua transparente, prácticamente vacías debido al frescor del día. Una bonita despedida de esta maravillosa isla que merece la pena patear.

Distancia: 5 km
Desnivel: 250 m
Tiempo: 2 h

Álbum de fotos


Fotografías de Mabu Arranz
Enlace alternativo

Crónica en itinerancia

En un escueto comunicado telefónico, nuestro reportero pudo describirnos la marcha del pasado sábado como larga, con bastante desnivel y mucha nieve.

De una crónica salpicada de interferencias telefónicas entresacamos las siguientes frases:

José Luis quedó en enviarme las fotos pero aún no me han llegado.

Comimos en una covacha en la que no cabíamos todos. A los postres sí que nos apretujamos para dar cuenta de unas torrijas excelsas patrocinadas por Ángela.

Había mucha nieve, por lo menos metro y medio, en un collado por el que descendimos con grave riesgo de desprendimientos.

Hicimos un desnivel de 1200 m, según me dijo José Antonio, pero pon 1100 por no pasarnos ya que carecíamos de aparatos apropiados de medida.

Datos de la marcha
Fecha:27 de marzo de 2010
Recorrido:Circular
Itinerario:Rascafría - Pto. del Reventón - Pto. de los Poyales - Hoyo Poyales - Rascafría
Distancia:18 Km
Ascensión:1100 m acumulados
Duración:7h 30'
Participantes:Ángela, Fidel, José Antonio, José Luis, Juana, Luz, Mamen, Mateo y Rafa
Antecedentes:12/09/09 ver reseña

Fidel, por tierras castellanas