Sorpresa en Somosierra

Finalizada la comida disfrutando los tibios rayos de sol, otoñales y serranos y la espléndida tarta de Mamen, con las edificaciones de nuestro destino, Somosierra, a la vista, iniciamos el último tramo de la marcha.

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Según nos habían anunciado Fidel y Luz, tendríamos que pasar a través de un bosque, del que solo se insinuaba a lo lejos los típicos robles y rebollos de nuestra Sierra, y del que nunca habíamos oído palabra la mayoría de nosotros.

Saltar la consuetudinaria valla y comenzar las exclamaciones, todo uno.

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¡Qué colores! ¡qué señorío de troncos orgullosos y serenos! ¡vaya conjuntos ramales entregando sus últimas hojas a la alfombra que pisábamos! Abedules, avellanos, robles albares y rebollos, serbales de Fidel, acebos en fruto bermellón intenso, y otras especies variadas, agotaron las exclamaciones de Mateo y los otros diez componentes del grupo.

Fueron unas dos horas de paseo por el Abedular de Somosierra, que crece al lado de la autopista y de la que le esconde y protege un quiebro en la montaña. Durante este tiempo, nuestros sentidos se reconfortaron y los ánimos se relajaron, a juzgar por conversaciones y susurros.

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Sin duda, la energía asimilada, que unos cargaron abrazándose a los árboles y otros simplemente respirándola por ojos y nariz, nos había hecho efecto.

Y todo sólo para nosotros, los once del grupo. Sólo nos cruzamos con un padre, con dos chavales, quien amablemente nos indicó el camino, y un, supongo que corzo, que avistó Fidel.

Los 500 escasos metros entre la salida del Abedular y el puerto de Somosierra, donde estaban los coches, transcurrieron entre pocas palabras, asimilando lo que habíamos vivido y preparando múltiples y variados planes para posteriores visitas al que sin duda es el mejor bosque de Madrid, como más tarde pude leer en una guía de Luz.

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El día había comenzado con la subida a la cuerda que une la Cebollera Vieja y la Nueva, con una dura trepada final. Allí nos encontramos fuerte viento y niebla, lo que hizo que se abriera la asamblea dirigida por Rafa quién hábilmente controló a los rebeldes de siempre, y como consecuencia, minutos más tarde estábamos sobre la misma pista desde la que habíamos acometido la ascensión final. A continuación largo paseo horizontal, hasta llegar al lugar apropiado, según consenso mayoritario, para descender campo a través hasta el lugar de la comida, a escasos metros de la valla de lo que creíamos que era un bosque más de nuestra Sierra.

Una última recomendación egoísta: ¡Chisss…, silenciooo!, ¡ni palabra de la existencia del Abedular, hasta que al menos lo visitemos en cuatro ocasiones, una por estación!

21 de noviembre de 2009

Asistentes: Rafa y Rosa, Pepe Monte y Carmen, Fidel y Luz, Carlos y Mabu, Mateo, José Pepe Fernández, Monique y Mamen.

Distancia 14 km, desnivel 700m, 7 horas.

Carlos

Navarredonda y el Lomo Gordo

A las 10 horas, como es habitual, quedamos en el lugar de cita, en este caso un bar de Navaredonda, donde nos tomamos los cafeses de turno, a la espera de estar todos los que se suponía que iban a venir y alguno más. El día era bueno, dada la época en que estamos, con un tiempo seco y plácido. Tras el café, emprendimos la marcha hacia el objetivo previsto, los dos-miles llamados Reajos.

Nada más salir del pueblo, surgieron algunas dudas resueltas por Rafa que, de forma previsora, había ya preguntado a un lugareño al respecto. La idea era trazar una enorme diagonal oblicua y dirigirnos a la pista de subida hacia la vertiente de la Chorrera de San Mamés.

Ya en las últimas casas del pueblo, nos saludaron unos bonitos perros en una casa de campo, bautizada “La Neguilla”. Los ladridos de los chuchos eran más amigables que agresivos y alguno de nosotros expresó la pena que le producía ver a los canes encerrados sin compañía alguna, y es que perros así se vuelven más perros, si cabe. Curioso es decir que la “neguilla” es una planta venenosa que suele acompañar al trigo, del cual en la recolección debe ser separada con sumo cuidado. Tras sobrepasar la finca y ladeando, llegamos a la pretendida pista, tras unos tres cuartos de hora de camino. Recorrimos la pista hacia arriba, a través de un bosque de pinos hasta cruzar un cortafuegos, al que no sería un exabrupto llamar “el cortafuegos”, dada la longitud del mismo -en realidad no sé si se trata de una sucesión de cortafuegos o de un enorme cortafuegos troceado por la pista- nunca lo he sabido bien.

Como el personal iba disperso y con andar cansino, a alguien de la organización que iba en la cabeza del grupo, sin duda dirigido por sobrehumana inspiración, se le ocurrió seguir tranquilamente por la pista, en lugar de tomar el cortafuegos desde sus inicios. Fue una acertada decisión, ya que la cola de la marcha iba muy lenta, aunque no por ello dejaba de ser locuaz -de todos es conocida nuestra capacidad de animada charla- sobre todo de una parte del personal. De ese modo y después de un andar cómodo, tomamos el cortafuegos ya más arriba, donde sólo tuvimos que ascender el último y duro tramo, hasta la cuerda que cierra por el norte el Valle del Lozoya. Allí fueron llegando, primero, los que siempre suelen ir a la cabeza. Les tocó esperar bajo un fuerte viento a que el resto llegara a dicho punto, donde hay un par de escuálidos pinos, separados del resto del pinar y que soportan en solitario las inclemencias del aire frío que azota esas cumbres, a cambio de poder ver las dos vertientes del monte, privilegio vegetal del que no disfrutan sus más sociables congéneres.

Tras un breve cónclave, sazonado por un rico membrillo con sabor a flauta de pico, “cuerdeamos”, válgame una expresión de aquesta guisa, subiendo y subiendo al morro llamado Lomo Gordo, de 2000 y pico metros. Allí llegó una primera hornada, 5 o 6 pudieron ser. Les tocó esperar una media hora hasta que llegó la segunda tanda y algunos impacientes descendieron un poco para comprobar si venia bien el resto que les seguía. Pero era simplemente que la gente en esta ocasión se lo tomaba con peripatética calma.

En Lomo Gordo azotaba el viento, por lo que todos nos abrigamos y emprendimos un descenso oblicuo por otra vertiente del susodicho Lomo -se había descartado la idea de ascender a Los Reajos no se muy bien porqué- hasta llegar a una zona adecuada para el refectorio, ésta vez muy bien elegida, en una pequeña pradera atravesada por un diminuto arroyo. Allí degustamos y compartimos las viandas que cada uno llevaba.

Siguiendo el “timing” de la organización y a la hora prevista, reemprendimos el descenso, donde atravesamos zonas de bosque de roble, tapizado ya su suelo por las hojas caídas y arbustos variados, como rosales y otros de color rojizo de otoño, que embellecían el paisaje. Algunos se paraban a hacer fotos, por aquello de cubrir el reportaje gráfico que tanta satisfacción nos produce contemplar tras las marchas.

Tuvimos varios lances dignos de ser contados. Quizás el más curioso fue el de un grupo de caballos que se nos acercó sin ningún miedo y nos permitieron acariciarles, hecho me sorprendió, dada la timidez que suelen poseer estos animales. Atravesamos luego dos cercas de piedra que tuvimos que saltar y, tras hacerlo en la última de ellas, Magu se apercibió que había perdido una buena cámara fotográfica recién comprada en el Imperio del Sol Naciente. Volvimos hacia la cerca y escudriñamos el terreno, no fuera que se le hubiera caído en ese punto. Ya era casi de noche y como no era caso de seguir buscando sin luz, decidimos dejarlo para el dia siguiente por si , por casualidad y tras el novenario de rigor a San Antonio, pudiéramos encontrarla.

Llegados ya al bar del pueblo, nos tomamos un agradable café–merienda que se prolongó bastante, cosas de nuestro grupo, que nos gusta mucho la plática amistosa.

Participamos en esta marcha 16 del monte: Carlos, Magu, José Antonio, Javier, Juana, Belén, María, Monique, José Luis, Jose, Mateo, Susana, Rafa, Rosa, Luz y el que suscribe. Recorrimos un trayecto de unos 15 km lineales, con 900 metros aproximados de desnivel.

Apoteósico epílogo

Al día siguiente por la tarde y como en un juego con tesoro escondido incluido, Magu y cuatro de nosotros nos dirigimos de nuevo a Navaredonda, con el fin de buscar la cámara fotográfica extraviada. El empeño tenía “a priori” un carácter de gesta imposible, pero, no obstante, tenía un doble interés, uno, el propio del rescate de un objeto valioso para una chica del monte y dos, el carácter de aventura y gesta épica que recordaba los tiempos de Rolando o de la Tabla Redonda, incluida prenda extraviada por dama y varios paladines acudiendo en su socorro.

Ya en los inicios, experimentamos grandes dificultades para encontrar el sitio por donde bajamos. Recorrimos, tras saltar las dichosas vallas de piedra, digo dichosas por lo que nos costó encontrarlas, una ladera donde se suponía que estaría la cámara. El terreno estaba cubierto de hojarasca y arbustos bajos, lo cual hacía casi imposible descubrir en él el deseado objeto. Cuando ya nos dábamos por vencidos y bajábamos decididos por última vez la crepuscular ladera; cuando ya nuestros cuatro y bien digo cuatro por mejor no decir ocho, caballerescos esfuerzos por encontrar la perdida prenda de ensoñada dama se habían agotado, hete aquí que se oye el cantarín grito de alegría de la susodicha dama, exclamando “lalala-ra, lalala-rí…., la encontré, la descubrí….

Y efectivamente, la había encontrado. Subimos con regocijo al lugar del hallazgo, donde nos mostró que cuando la halló pendía de un arbusto bajo, en una desviación del sendero principal de las infinitas que se suelen recorrer cuando vamos todos anárquicos y a mogollón bajando por cualquier ladera con maleza y arbustos, por lo que, efectivamente, la hacía prácticamente inexpugnable a la vista.

Satisfechos por el hallazgo, bajamos al pueblo y reemprendimos el regreso. Esta vez, la dama nos trasladó a cada uno en su coche a nuestro domicilio. !!Hay que ver cómo ha cambiado la vida desde los tiempos de Rolando!!.

Participamos en esta heroica gesta, Magu, en el papel de dama y Carlos, José Antonio, Javier y el que suscribe, en el de caballeros. Las fotos que se acompañan, enviadas por Javier dan testimonio gráfico de paisajes y paisanajes. Aquí van los títulos:
1.- Las chicas van al final, hablan de películas y de cosas divertidas
2.- Los chicos van delante y hablan de política y de cosas serias
3.- Y cuando están juntos cantan ...
4.- ... o dormitan
5.- Mientras el cronista llora la pena del Mondalindo al fondo

Palíndromo musical

Explica el María Moliner que un palíndromo es una palabra o expresión que resulta igual leída en un sentido que en otro, y pone como ejemplos: «anilina» y «dábale arroz a la zorra el abad». Hay muchos otros, el que disputa el Guiness de ser el más largo es aquel que dice «a mamá, Roma le aviva el amor a papá y, a papá, Roma le aviva el amor a mamá».

En música, hay un célebre e intrigante juego musical de Johann Sebastian Bach, a los que era tan aficionado, que tituló “Canon del cangrejo” y que conforma un palíndromo musical. En este caso, el divertimento consiste en hacer que el acompañamiento sea una repetición inversa de la melodía principal. Esto, que se aprecia perfectamente en la partitura, lo ilustra a las mil maravillas el vídeo que he encontrado en la Internés de nuestros amores, espero que lo disfrutéis.

Habrá más

Marcha de aliño

Como si de un salto en el tiempo se tratara, cuando arribamos al Alto de León pasadas las diez de la mañana del sábado nos quedamos perplejos al comprobar que habíamos caído en un día de pleno invierno. Aunque las previsiones meteorológicas nos anticiparon mal tiempo, no podíamos imaginarnos hasta qué punto la ventisca y el frío que conlleva nos empujarían a buscar cobijo en una zona menos elevada. O eso, o nos volvíamos a casa.

Así que decidimos coger los coches de nuevo y llegarnos hasta La Jarosa, zona que pensábamos se encontraría a resguardo de las furias invernales que nos venían de la meseta. Algo intuíamos de lo que sucedería cuando, una vez aparcados los coches, mientras nos preparábamos para la caminata, iniciamos conversación sobre si comíamos o no en el restaurante que según nos informaba Susana, buena conocedora de la región, se comía muy bien.

Valientes nosotros, respondimos a la propietaria ante su solicita hospitalidad que no reservaríamos porque, como recios montañeros, comeríamos al aire libre y, a poder ser, en las alturas y con buena vista. Por ilusión que no sea.

Mas el día prometía mal. No habíamos caminado ni dos horas y ya tomábamos las de Villadiego cortafuegos abajo repelidos por la ventisca que de nuevo nos atacaba. Luego, los cazadores, al acecho del jabalí, nos cortaron el paso obligándonos a reorientar nuestro andar y dirigirnos a la pista asfaltada que describe un amplio círculo por aquellos pinares.

Roto el ritmo de marcha, empapados, sin más objetivos que cumplir, nos decimos a recorrer la pista convencidos de que nos llevaría de regreso a los coches. Allí ya veríamos qué hacíamos. Y eso hicimos, emprendimos camino por el asfalto, a ritmo de legionario durante casi otras dos horas. Bueno “unos” a ritmo de legionario y “otras” a ritmo de tertulia porque la ventaja de ir por pista sin obstáculos es que favorece la conversación.

Los que íbamos delante tuvimos la suerte de ver tres corzos que aguantaron nuestra presencia no sé si porque están acostumbrados a la presencia de humanos o si extrañados de vernos por allí con el tiempo que hacía. Al observar que no íbamos solos, que la tropa nos seguía, desaparecieron de forma mágica en el bosque. Qué ilusión, hay aún fauna en libertad por nuestros montes.

A la tres de la tarde llegamos al aparcamiento. Ni nos cambiamos de ropa, ni de calzado. Nos metimos de cabeza en el restaurante “El Cordobés” en busca de calor y algo para comer ¿no era puente? Pues lo celebraríamos con una comida en grupo. Así, calentitos, bien comidos y olvidada ya una marcha de circunstancias regresamos a Madrid bien prontito esta vez.


Datos de la marcha

Fecha:7 de noviembre de 2009
Itinerario:Vuelta por La Jarosa
Distancia:11 Km
Ascensión:604 m acumulados
Duración:3h 45'
Participantes:Carlos, Fidel, Luz, Mabu, Rafa, Rosa, Susana, Begoña y yo

Saludos y hasta la próxima.

La batalla del Jarama

Dos montañeros abren una ruta inédita desde la Cabeza del Viejo al Cardoso por el río
Salimos de El Cardoso (1.278 metros) por la GR88 y en breve llegamos a La Hiruela (1.257 metros), un pueblo algo adominguerado, más recio y atractivo El Cardoso.

Dejamos la Hiruela pasando por una virgen de Lourdes (entrañable la humildad de un pueblo que reverencia a la virgen de otro pueblo) y una carbonera rehecha. Hacía calor y el campo estaba otoñal, aunque seco y lo peor sin níscalos. Una bonita y no dura ruta, amenizada por Agora y lo malos que son los corrutos, sobre todo si son del PP.

Al pasar por el Collado de Mingo Pérez oímos a los cazadores de jabalíes gritando a sus perros y para no encontrarnos con ellos nos reorientamos hacia el Collado de Mingo Serrano, llegando al Cabeza del Viejo (1.700 metros). Era tarde para subirlo so that echamos el mantel junto a un colmena abandonada, venciendo el temor de Rosa y Gema picadas por abejas en otra ocasión con Domingo. Era la Loma de la Peña de 1.441 metros y frente a nosotros contemplábamos el trasiego de coches por la pista que enlaza la falda del Porrejón (1.827 m) con el Collado de las Palomas (1.670 m). Recogían a los cazadores para comer, por los pocos disparos y los muchos gritos deduje que no les había ido muy bien.

Para no tardar mucho se decidió regresar por el mismo camino por lo que José Antonio, siempre abierto a improvisaciones, y yo que si puedo prefiero no repetir organizamos un regreso alternativo. Lo dibujamos en el mapa y lo comentamos a Rafa quien nos dio su bendición. Nos despedimos de algunos, otros dormían, y partimos que la noche se echa pronto ahora (“If you gotta go, go now”). Eran las 3,30 pm y la ruta era:

Fase 1Norte arriba por pista hacia el Jarama4 Km
Fase 2Por el río hasta el puente de la carretera de la Hiruela M1372 Km
Fase 3Remontar el río hasta carretera GU187 del Cardoso a Colmenar2 Km
Fase 4Por la carretera hasta El Cardoso GU1873 Km

Al terminar la pista encontramos el río en una profunda hondonada de 100 metros. Y pronto topamos con el camino del mapa que resultó ser el clásico senderillo para pescadores junto a todo río truchero. Pero al deterioro de la pesca del Jarama ha seguido el deterioro del camino, en tramos algo cerrado por la maleza. Empezaba la Fase 2 y llevábamos la moral intacta, íbamos cumpliendo el plan.

El Jarama aunque con poco agua estaba bonito, lleno de pequeñas hojas amarillas, y empezamos a andar los dos largos kilómetros hasta el puente a contracorriente del agua. Y lo adverso de la situación nos llevó a imaginarnos protagonistas de una de esas muchas películas de guerra sobre puentes, El Puente sobre el río Kwai, El Puente (esa emotiva historia de unos adolescentes soldados alemanes de 1959) y alguna otra que recordaba José Antonio. Los alemanes querían volar el puente y para salvarnos debíamos llegar antes de que lo hicieran.

Así que el divisarlo a lo lejos y verlo entero nos dio una gran alegría, los alemanes no habían llegado o quizás, lo más probable, el agua había mojado la dinamita. Cuando estuvimos sobre él creo que nos dimos un abrazo, pero no podíamos entretenernos, eran las 6 pm y otro enemigo nos acechaba, la noche. Y nos quedaban todavía las Fases 3 y 4.

Nos despedimos del Jarama y subiendo encontramos el camino previsto, pero con la oscuridad lo perdimos pronto. Hacía una preciosa noche en un precioso monte bajo una preciosa luna, veíamos perfectamente donde estábamos, entremedio de las luces de La Hiruela y las luces de Bocígano, pero estábamos perfectamente perdidos, no veíamos la carretera, no había luz de coches y sin cobertura telefónica y el gps casi sin pilas, los lobos seguramente nos seguían cerca esperando su momento.

Con buen criterio José Antonio apagó unos minutos el gps, lo encendió y duró algunos segundos, suficientes para ver que estábamos ¡a unos metros de la carretera! Concluía la Fase 3.

A las 7 pm iniciamos los 3 kilómetros hacia El Cardoso. La carretera está cubierta de arena por obras, por eso no había coches. Y volvimos a tener suerte (la suerte está al lado de los valientes), cuando llevábamos 1 kilómetro el único coche que pasó nos paró. Era un suministrador de hormigón para la sierra, con dos pequeñas fábricas en Lozoyuela y Venturada. Al llegar al Cardoso el buen Rafa estaba en la carretera esperándonos, ellos habían llegado a las 7 pm y nosotros a las 7,30 pm.

Tomamos un café donde la señora Gabina, el estupendo y destartalado bar de la señora Gabina (que prácticamente es una más de losdelmonte), estaba también su hijo que trabaja en El Vado. Algunos chavales se habían disfrazado para el Halloween, a mí que no me gusta esta moda en la plaza del Cardoso quedaban majos y simpáticos, un punto surrealista. Y nos fuimos en el coche de Rafa con Rosa, José Antonio y yo, los demás ya habían salido algo antes.


Datos estadísticos
  • Marcha del 31 octubre 2009 de El Cardoso al Cabeza del Viejo por la Hiruela
  • Duración: de 10,30 am a 7 pm
  • Distancia: unos 18 kilómetros
  • Altura: unos 800 metros
  • Rosa, Rafa, José Antonio, Mabu, Carlos, Gema, Josemari, Mateo, Javier
  • El Jarama nace en la Peña Cebollera (más o menos por donde apuntaba Carlos), pasa por el Hayedo de Montejo (dividiendo Madrid de Guadalajara), y da una vuelta impresionante por el Este por el Cardoso, Colmenar de la Sierra, embalse de El Vado, Valdepeñas de la Sierra y Patones donde el Lozoya le es tributario, bajando luego por la llanura hasta su desembocadura en el Tajo en Aranjuez
Javier