La Majada del Cojo

Casi no nos lo creíamos y, aunque frecuentemente nos ocurre, nos fiamos de los negros agoreros que componen el Instituto Nacional de Metereología: lluvias y nevadas a niveles inverosímiles con probabilidades sin escapatoria, rachas de viento huracanado que nos elevarían como Mary Poppins por los aires, fríos terroríficos … Pues casi no. Salimos de mañana con muy buen humor y el fatalismo, que no es de nuestra cultura, entre la comisura de los labios. El personal había respondido. Éramos muchos, al final los contaré. La cafetería abierta en la Alameda del Valle, sin luz como en otros pueblos del Lozoya, pero con una chica simpatiquísima que coordinaba con nuestras pretensiones.

Cruzamos el terreno peligroso que formaba la llanura de inundación (así se llama) por el camino más corto y deseando llegar a la primera arboleda donde, pensábamos, las furibundas rachas de viento en algo nos respetarían. La ascensión fue tranquila. Al tomar altura, la visión del valle crecía y detrás entre las nubes que ocultaban parte del escenario, aparecían las moles de los Horcajos. Peñalara no se dejaba notar en este día, reservándose, recatadamente, para la primavera que deseamos ver pronto. Nosotros, los de adelante, paramos ante el aviso de Carlos que se había percatado de un estrecho camino que se convertía en casi carretero enfrente de nuestros ojos. Toda una tentación. En pocos minutos preparamos una táctica de convencimiento. Carlos callado; el objetivo era Rafa, convencerlo con rapidez y contundencia. Una vez ganada esa baza, todas seguirían su opinión. Psicología y estrategia unidas. Así se han ganado muchas batallas. Y surgió el efecto esperado. Hasta Viky lo asumió sin remilgo alguno.

El arrollo bajaba saltarín y bello entre los cortos prados que la nieve había dejado entrever en su desaparición. Todo un goce. El sendero, de Heidi diría yo. Faltaba Blanquita para completar el cuadro. Cuando comimos los cacahuetes ya estábamos cerca del refugio. Nada, sin darnos cuenta.

Otra sorpresa. De la casa salía humo y dos perrillos urbanos salieron a recibirnos. Los chicos que momentáneamente lo habitaban nos dejaron su sitio y el fuego ya encendido. Fue una tentación. Muchas cayeron sin remedio. Bueno, le encomendamos la tarea de avivar la lumbre y dejar todo en condiciones para la comida. Nosotros, los más pertinaces, seguimos hasta el alto de Viborizas (1750m). El camino era bello y fácil. Se encontraba lleno de ramas de pino arrancadas por la noche y, en poco más de media hora, ya estábamos contemplando la cadena sur llena de nieve. Todo un placer.

Al llegar al refugio fuimos acogidos por un ambiente nada caldeado. En una sociedad de cazadores y recolectores esto no habría pasado. El fuego estaría chispeante y la comida casi lista. Bueno, nosotros tampoco llevábamos ningún ciervo descuartizado, ni siquiera un conejo desnutrido. Está visto que de Altamira hasta hoy han pasado muchos siglos. Que decir; en medio de la pobreza del lugar comimos muy a gusto y, como el frío no se iba, batiendo las manos surgió una zambra flamenca de manera totalmente espontánea. Que momento. Lástima de un estudioso que hubiera comprobado alguna hipótesis sobre el origen de nuestro genuino sentido musical. No creo que se pueda repetir otra vez. Fue casi mágico, ¿O fue el frío que activó el circuito neuronal? Da lo mismo. Nos marchamos contentos camino abajo para reunirnos en la maravillosa ermita próxima al pueblo. Que recuerdo, otra vez, de aquel momento. Hacía frío y el viento no cejaba. Sin embargo, estuvimos quietos en la campa, en las mesas y poyetes de piedra, embelesados por el ambiente de invierno crudo en medio de nuestro mejor entorno montañero. Que sensación. Por fin recorrimos el kilómetro que nos separaba de Alameda para terminar (algunos) con un chocolate en la Plaza. Que mejor final.

P.D. Echamos mucho de menos a nuestros compañeros Bego, Ángel y Miguel Ángel ocupados en actos de servicio.

  • Distancia: 15 Km

  • Altitud: 700m

  • Perfil térmico (gracias a la donación de Belén): 1ºC a 4ºC

  • Asistentes: Rosa y Rafa, Mateo y Marta, Carlos y Mabu, Fidel y Luz, Juana y José Antonio, Pepe, María, Viky

José Antonio

Colocación de cadenas

Un informe del RACE asegura que el 67% de los conductores reconoce no saber colocar las cadenas en su vehículo.

Doy fe de ello y conté las vicisitudes pasadas el 13 de diciembre (ver entrada), por eso traigo aquí un vídeo publicado por ese organismo que nos muestra los diferentes modelos de cadenas existentes en el mercado y sus ventajas e inconvenientes.



El vídeo me lleva a la conclusión de que: a) la mayoría de los conductores españoles no nos enfrentamos a diario en invierno a la nieve; b) cuando lo hacemos, compramos las cadenas sin información previa; c) lo que nos venden no es lo más adecuado y d) no aprendemos a montarlas previamente en seco.

Luego pasa lo que pasa, como dijo el otro.

Pues empezamos bien el año

Semana rara, con puente de añonuevo en medio, con el personal aún de vacaciones o remolones tras las fiestas o asustados por el tiempo lluvioso que se vaticinaba, el caso es que no ha habido convocatoria, ni llamadas, ni nada que se parezca lo más mínimo a una invitación a salir al monte.

Como consecuencia, el primer sábado del año no pisamos la sierra. Creo que no figura en los anales del grupo tamaño desafuero. Únicamente en agosto se permite tal licencia ¿será esto una señal de envejecimiento colectivo? o ¿hemos optado por consumir desaforadamente en pos de mejorar la economía patria y ni tiempo reservamos para salir a tomar el aire serrano?