Una crónica sin pretensiones

Me he decidido a formalizar una humilde crónica en correspondencia y solidaridad hacia aquel que, sábado tras sábado, sin preguntarle nada a nadie, nos deleita con sus imágenes y comentarios e incluso estadísticas sobre lo que aconteció en nuestra salida a la montaña.


La cuestión es que resulta una complicadísima tarea, ya que, el hecho más significativo del sábado que ya pasó, ha sido la no asistencia a la clase programada. La descripción del acontecimiento con detalles, comienza con la excusa del organizador, Angel, que, a nosotros, ya en carretera, nos anunció llegando a Buitrago. Bueno, el pobre está pasando la gripe que todos hemos cogido ya y, que más da, montañeros siempre sobran, le decía a Juana, y además, el sábado pasado juraron y perjuraron la asistencia cinco, que yo recuerde.

Pues llegamos a Braojos y, a esas horas de la mañana, se encontraba con las calles llenas de hielo y más solitario que un western en el duelo final. Buscando bar en condiciones, me topé con José Luis, el “cuñadísimo”, que, milagrosamente, como rápidamente comenzaba a comprender, se encontraba con ganas de aprovechar uno de los días de pronóstico más severo del invierno. Ya perdida la esperanza, esperamos a que el único bar disponible del pueblo abriera y, a la vez, se produjera el tiempo necesario para que los rezagados fueran llegando. Nada. Entraban los primeros clientes lugareños de la localidad, despertaba Braojos de su respetada osera y nos dispusimos a partir, eligiendo como primera meta el refugio de Santui.

La nieve era en polvo y escasa, el piso totalmente helado hasta salir del pueblo. Un lugareño de gran labia y sentido, nos recondujo de la salida equivocada y declinó acompañarnos porque él, decía, no estaba para hacer el camino de los ciervos. Sin embargo, nos aseguró que de nieve nada, que él lo sabía sin mirar a Internet y que no tuviésemos cuidado. Con la tranquilidad adquirida hicimos, con viento de espalda, los kilómetros de llano que nos aproximan a la barrera entre los pinos. Antes, nos habíamos parado para contemplar, en ese día ceniciento de invierno, el bien dibujado pueblo sobresaliendo de entre los montes nevados y, como no, el insólito prodigio de el agua ascendente.

Jose Luis lo desconocía y se quedó prendado tan pronto como lo comprendió. Es muy fácil. Una acequia toma con suavidad agua del arroyo del valle y, sin esfuerzo alguno, emprende una subida a través de centenares de metros, conduciendo el agua hacia no sabemos dónde. Maravilloso, mejor, paranormal, fuera de razón. Es uno de nuestros secretos y, aunque tratamos de difundirlo todavía no hay peregrinaciones, santuarios o, lo último, un restaurante con una taquilla de entradas.

Bueno, una vez ejercida la labor didáctica, ya en los pinos y pisando una crujiente nieve, recorrimos todos los itinerarios posibles para llegar al nada ansiado refugio de Santui. Allí estaba, silencioso en esa mañana nevada de diciembre, bien aseado y con los butacones de palo viejo esperando a despistados caminantes. Descansamos, observamos la naturaleza y decidimos ir a comer a Braojos, por aquello de hacer algo raras veces posible. Por esa razón elegimos como alternativa bajar por el cortafuegos que, de manera casi insólita y agradable, nos deja en la mismísima barrera de partida.

Total, todo corría a nuestro favor, el tiempo no empeoraba y la hora que, merced al acortamiento producido nos dejaba a las tres y media en Braojos. Allí, claro está, como siempre, encontramos que el bar estaba ocupado y nos dirigieron hacia la cercana villa de La Serna. Después de recorrer el pueblo y casi sin esperanza, un alma de caridad nos comunico que allá, en la salida, hacia arriba, existía un pequeño restaurante en dónde, quizás nos diera de comer. Allí estuvimos y hacia las cuatro dimos cuenta de tres raciones de huevos fritos con chorizo en un ambiente muy acogedor. Con eso conservamos la tradición de los huevos de Braojos y, aunque el precio se acercó a los famosos huevos de oro de otro acontecimiento de años atrás, los pagamos con mucho deleite.

Bueno, esta experiencia no pasará a los anales del grupo de los del monte. El día no daba para más, el objetivo era harto modesto y, para colmo, no existieron sucesos singulares, pero nos marchamos con una conciencia de haber sido capaces de no cortar esa línea de visitas a nuestros montes que prácticamente nunca se han suspendido.

José Antonio

Bonito día en La Hiruela

Bonito día el pasado sábado para subir al monte. Soleado y luminoso, era de agradecer después de la pasada borrasca que cubrió de blanco la sierra y media España. Nada que ver con el sábado anterior. Las carreteras estaban expeditas y aunque fuimos hasta La Hiruela, la duración del viaje tanto a la ida como a la vuelta fue la de otras ocasiones.

Tantas ganas teníamos de andar que, después de que las últimas salidas se vieran reducidas por unas u otras razones, nuestros próceres programaron una marcha realizada en abril pasado. El paisaje maravilloso porque a nada que caen unos copos qué bonita se pone la sierra. La ruta, preciosa en un principio, fue haciéndose larga y pesada. Más que pesada agotadora por la cantidad de nieve acumulada en las pistas que recorrimos.

Interminable me pareció la pista que tomamos para acceder al Collado de las Palomas antes de comer, el que fuera abriendo pista, creo que fue Rafa, debió de quedar agotado. Comida en el mencionado collado al solito, mas no hubo tiempo para descansar pues restaba poco de luz diurna y aún nos quedaba un buen trecho que recorrer de regreso a La Hiruela.

Y es que como comenzamos a andar casi a las 11 de la mañana, entre que el precioso día invitaba a andar y que vamos un tanto “sobraos” pues nos pasamos de valle alargando un tanto la marcha. Como aquel de Bilbao que decía que él en lugar de cuenta-kilómetros llevaba en el coche cuenta-pueblos, igual nosotros losdelmonte.

El caso es que, tras la comida, iniciamos enseguida el camino en dirección al Collado Salinero por la pista. Pero cómo estaba la pista. Qué cantidad de nieve. El único rastro el dejado por unas raquetas lo que hacía que tuviéramos que seguir en fila india la huella en esta ocasión iniciada por José y por José Antonio, por José Antonio y por José que en este caso tanto montaron.

Nos costó de lo lindo llegar al collado y además lo hicimos a toda pastilla. Reagrupado el grupo, se evacuaron consultas sobre cómo volver, si por el Puerto de la Hiruela, si por el GR.88. Se sopesaron tiempos, distancias, cansancios, etc. Al final se optó por pasar por el puerto porque en el caso de que se nos hiciera tarde podríamos continuar por la carretera.

Así pasó. Llegamos al puerto y decidimos hacer la última parte por asfalto ya que el cielo se iba sonrosando y dando un color mágico a las montañas circundantes aunque para admirar el paisaje estábamos. Pusimos el piloto automático y ¡hala! a chupar asfalto.

He de confesar que el trayecto fue bastante más corto y menos abrasador de lo que en el puerto me temía. Llegamos a los coches en penumbra, con frontales o linternas en ristre para no dar un mal paso pero llegamos sanos y salvos.

Recorrido total de 19 Km con una ascensión acumulada de 665 m y duración de 7h 35m. Participantes: Begoña, Carlos, Fidel, Gema, José Antonio, José Fernández, Jose Mari, Juana, Magu, María, Mateo, Menchu, Monique, Pedro, Peter, Rafa, Robert, Susana, Viqui y el que suscribe ¡ah! y Lucas joven y enorme perro que nos acompañó durante toda la marcha.

Fotos de la marcha

Excepto Begoña y yo, que salimos escopetados hacia Madrid, el resto se quedó un rato para celebrar el cumpleaños de Rafa y este correspondió invitando a un chocolate. Felicidades desde aquí Rafa y felices fiestas para todos porque ya es Navidad.

Vadim Repin en el Auditorio Nacional

El joven y ya célebre violinista siberiano Vadim Repin interpretará este fin de semana el concierto para violín y orquesta de Tchaikovsky acompañado por la ONE bajo la dirección de Josep Pons, su director titular.

Es una suerte poder asistir a un concierto de este intérprete del que se afirma logra conjuntar la más fiera pasión con una técnica impecable, poesía y sensibilidad. "Simplemente el mejor, el violinista más perfecto que haya escuchado nunca" exclamó Yehudi Menuhin. Y tan sólo el año pasado el Tagesspiegel de Berlin lo proclamó "el más grande violinista vivo".

Como aperitivo de lo que podemos esperar los que asistamos a uno de sus conciertos en Madrid traigo una interpretación suya de la Polonesa op. 4 de Henryk Wieniawski.


Estoy deseando que llegue el domingo.

Marejadilla en el Cantábrico

Mientras regresábamos ayer a Lozoya de nuestra marcha por el monte, mientras la nieve caía, recordé una anécdota o chiste que circulaba en los gloriosos tiempos en los que Mariano Medina daba el parte meteorológico en televisión. Se decía de un marinero que irrumpió en los estudios en harapos con los restos del mástil en las manos e increpaba al insigne don Mariano “Con que marejadilla en el Cantábrico ¿eh?”.

Y es que el sentimiento ayer era similar pues no podíamos imaginar, o no quisimos hacer caso de la previsión meteorológica, convirtiendo un divertido día de monte casi en una pesadilla.

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La marcha, como últimamente, era de circunstancias huyendo de altas cumbres y buscando lugares de fácil acceso. Salimos de Lozoya, después de tomar el café, ya nevando y emprendimos camino a Navarredonda en tono animado, pisando nieve con placer.

A falta de dos kilómetros para Navarredonda decidimos alterar el itinerario y subir al pico La Cruz y desde allí regresar a Lozoya porque aquello lejos de mejorar sin duda empeoraría. Aún así ascendimos hasta que la niebla y la ventisca nos hizo pensar que continuar era ridículo y que lo mejor era ocuparnos de la vuelta a Madrid.

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Así que nos dedicamos a recorrer el camino de regreso a toda pastilla un tanto inquietos por cómo se encontraría la carretera con la nieve caída durante toda la jornada y figuraos qué carita se nos quedó cuando vimos el asfalto de la M-604 con un palmo de nieve y escasísima circulación.

Agrupados todos en torno a los coches decidimos que no había tiempo que perder, ni comida, ni café, había que prepararlos para volver. Los que llevábamos cadenas nos dedicamos a ponerlas con distinta fortuna pues es lo más complicado que hay cuando no se está acostumbrado ni se ha esforzado uno en aprender. Ni croquis ni indicaciones, cuando uno es un manazas hay que resignarse, eso sí, profiriendo los mil y un cagamentos.

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Aprovechando el paso de un quitanieves salimos en desbandada. Había que aprovechar su estela para tratar de ganar la autopista. A la voz de ¡ar! Nos pusimos en marcha en improvisada caravana de forma que los que íbamos sin cadenas aprovecháramos la huella de los que circulaban con ellas. Había que llegar como fuera a la A-1 en la creencia que estuviera más limpia al ser una vía principal.

Craso error el nuestro porque allí confluyeron todos los elementos necesarios para convertir la nevada en el caos. Los servicios de la Comunidad absolutamente inoperantes. No es que se hubieran ido a Navacerrada, donde parece ser se montó la de dios. No, por allí circulaban los quitanieves pero sin ton ni son, tres en la parte izquierda, otro por este lado pero que se sale en el primer desvío. Cero zapatero señora Aguirre. Mucho despliegue de lucecitas amarillas haciendo pensar a los viajeros que tranquilos que aquí estamos nosotros por si acaso y cuando se produce el acaso el despiporre. No hay esperanza.

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Luego, los automovilistas que somos la hostia tú. Los hay que ven el atasco y se meten por el arcén, claro como la nieve no deja ver bien las líneas pues al mogollón, hala a contribuir más al parón. Otros, a pesar del panel indicador que avisa de que reservemos el carril izquierdo a los quitanieves, pues a circular por él que los que están en la derecha son gilipollas. Por último los prudentes, aquellos que cuando se enfrentan a una cuesta arriba disminuyen la velocidad no se con qué propósito porque no hace falta ser Nuvolari para darse cuenta que perdiendo inercia has de exigir más al coche aumentando el riesgo de pérdida de adherencia. Así se montó la que se montó en la cuesta de La Cabrera. No tiene nombre y nos hace pensar en cómo reaccionaremos en episodios de más entidad.

Finalmente, tras dos horas y media llegamos a casa para tomar una ducha caliente, preparar la cena y ver perder al Madrid. Menos mal que perdió por la mitad de lo que se esperaba. Es un consuelo, en este caso las previsiones fallaron.

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Recorrimos unos 18 Km, medidos sobre plano, en 4 horas y media y debimos subir 550 m. Los participantes: José Antonio, Juana, Belén, Rafa, Pepe, Vicki, Carlos, Magu, Fidel, Luz, Begoña y yo.

Mi agradecimiento a los solidarios compañeros de monte por el ánimo, la ayuda y la compañía que nos ofrecieron mientras trajinábamos con las dichosas cadenas. A aquellos que nos ofrecieron caldo calentito, los que se ufanaron en liberar las tozudas cadenas de la rueda, los que dieron vueltas a la manivela del gato, a los que apretaron tuercas, a los que nos prestaron una pala para quitar la nieve, etc.

Gracias incluso a los que comían mientras los demás veíamos la forma de regresar a casa y a aquellos que salieron pitando en cuanto vieron la oportunidad.

Con la música a otra parte

Pocas cosas hay que contar del monte así que para escapar un tanto de la sobredosis de noticias económicas que a diario nos agobian traigo aquí un pasaje musical recordado al ver el otro día la película “El Padrino, 3ª parte”.

Se trata del intermezzo de la ópera de Pietro MascagniCavalleria Rusticana”. Ejemplo de lo que se ha dado en llamar verismo, pone música a un drama de amor y celos y al inexorable destino en un pueblo siciliano a finales del XIX.

La música tiene ese poder, nos habla de tragedia y también nos ayuda a olvidar, aunque sea por unos pocos minutos, los cotidianos batacazos de la bolsa, la crisis ya consolidada y admitida, el pavor a unas nuevas fiestas navideñas, la inseguridad de la cuesta de enero, etc.
Disfrutad y ánimo que la primavera llegará y todo lo veremos de distinto color.

Debut en la nieve

El último sábado de noviembre tuvimos ocasión de pisar nieve por primera vez esta temporada. Bueno, pisarla de verdad porque ya en el Valle de los Hoyos pisamos restos de nevadas de días anteriores. Pero esta vez no, esta vez las nevadas caídas en los últimos días en la sierra madrileña nos permitieron caminar sobre un manto de varios centímetros.

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Cautos nuestros líderes, a la hora de convocar buscaron una marcha de no mucha cota, que no exigiera poner cadenas en el coche y al resguardo de la que se prometía caer sobre todo el territorio visitable por nosotros.

Llegamos a El Atazar con retraso. Aún así, el pueblo comenzaba la jornada. El propietario del bar frente a la iglesia, después de poner en marcha la cafetera se aplicaba en retirar la nieve helada por el frío de la madrugada de los escalones de acceso al mismo.

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El viento azotaba como parece es costumbre, pues se alza sobre una colina y le entra por cualquier esquina. Y el viento de aquella mañana era frío de verdad, así que nos apeamos del coche y nos dirigimos deprisa a buscar cobijo al bar y mientras nos tomábamos el café con leche calentito aprovechamos para cambiarnos el calzado y enfundarnos las polainas.

La marcha fue de circunstancias pues era tal el viento y la sensación de frío que nos aconsejó dejar los experimentos para otra ocasión y afrontar la marcha de forma profesional buscando la seguridad de la pista que asciende al Collado de las Palomas.

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Mientras caminábamos al abrigo de los montes hollar la nieve en polvo era un auténtico deleite. Otra cosa fue cuando accedimos a la parte superior de la pista y perdimos la defensa del pico Torrejón pues ahí el viento azotaba de lo lindo.

Desistimos de subir al Cabeza Antón por miedo al viento y continuamos hacia el pico Somosierra. Al llegar al Collado de las Palomas, Javier y Rogelio, amigo de Fidel, decidieron dar por terminada la jornada aún renqueantes de recientes lesiones y regresaron para comer en el pueblo. Antes había abandonado Susana por falta de avituallamiento así que terciada la marcha habíamos perdido a tres de los expedicionarios.

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El resto continuamos por la pista con cada vez más frío que incrementó al alcanzar la cuerda. Hasta tal punto que Rafa, previendo haríamos la espantada después de comer, también giró en redondo y se volvió al pueblo a comer tranquilito y al abrigo de las inclemencias.

Los que quedábamos continuamos por la cuerda abrigándonos cada vez más y cubriéndonos la cara pues de vez en cuando nos la azotaba copos de nieve helada a modo de balines. Y así llegamos al Somosierra y como allí no había quien parara, después de contemplar la bella vista que desde este sitio se divisa, temerosos por el aspecto que el cielo tomaba por la tormenta que parecía avecinarse, decidimos bajar rápidamente. Y cómo íbamos a bajar, pues a lo bestia, por en medio de jara, piedras y nieve. Para qué lo vamos a hacer fácil.

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Las vicisitudes del descenso hicieron que el grupo se rompiera, así que a medida que se iba ganando la pista, dado el frío que hacía y que ya echábamos de menos echar algo al estómago, cada uno fue deshaciendo el camino andado a su ritmo en busca del pueblo y un sitio calentito donde dar cuenta del bocata.

Unos nos cambiamos, otros no esperaron a tal y todos nos metimos en el bar donde comenzó la marcha para acabarla allí mismo. Antes fue café con leche, ahora tocaba bocadillo, patatas fritas, ensalada y vino. El caso era calentar el cuerpo pues estábamos ateridos y hambrientos y necesitábamos estar y hablar con el grupo, cosa que no habíamos podido hacer en toda la jornada.

Hicimos en total 16 Km en 4 horas y ¾, con un desnivel de 550 m. Los participantes: Vicky, Carlos, Rafa, Rosa, José Antonio, Guida, Maxi, Luz, Fidel, Rogelio, Javier, Susana, Pepe, Begoña y yo.

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Hasta pronto.

El tilo de la Cabrera

Hacía muchos, muchos años que había visto un precioso tilo en La Cabrera. Era verano y el tilo estaba esplendoroso en ropajes de hojas y flores, formando entre su tronco y las ramas, que llegaban al suelo, un hermoso salón multiuso. Sin embargo, el pasado 22 de noviembre, cuando losdelmonte lo visitamos, guiados por Rosa (de La Cabrera), sólo pudimos contemplar un tronco y unas ramas desnudas, debido al fuerte viento de los días anteriores. La imaginación, ayudada por la descripción de Rosa, hizo posible que cada cual contemplara en su interior el tilo prometido.

El resto del día transcurrió con la subida al collado de paso hacia el valle de Valdemanco, la renuncia a la ascensión a Cancho Gordo, el inicio del descenso hacia el puerto del Medio Celemín, las pérdidas de: Miguel Ángel, primero, y Mateo y Fidel después, las discusiones sobre donde comer y por donde regresar, los acuerdos sobre donde comer y sobre el camino de regreso (por el lado Norte de La Cabrera y no por el GR 10), y la feliz llegada a La Cabrera, donde en el bar de los camioneros (Cancho del Águila) tomamos unas cervezas y cafés.

Es de resaltar que tanto Miguel Ángel primero, como Fidel y Mateo después, fueron encontrados e integrados en el redil. También es de apuntar que a lo largo del camino se hicieron diversas escaramuzas en búsqueda de setas, destacando las cosechas de Pepe, Jose o Pepe (el amigo de Mateo) y Fidel. Por último agradecer a Rosa de La Cabrera, su magnifico trabajo guiándonos hacia el tilo y otras curiosidades, a lo largo de una ruta , desconocida por nosotros, por la parte alta de La Cabrera.

Escores: 18,300 km, tiempo en movimiento 5 horas más 2,5 de paradas para ver el tilo, picotear, discutir, comer, sestear y "setear" y unos 600 m de desnivel (datos del GPS de Miguel Ángel).

Asistentes: Carmen, Mabu, María, Gema, Luz, Menchu, Juana, Rosa, Rosa de La Cabrera, Susana, Rafa, Pepe, Jose, José Mari, Mateo, Pedro, Fidel, Peter, Carlos, Miguel Ángel, José Antonio.

Carlos