Sorprendente descubrimiento del Hueco de San Blas

Creíamos que lo habíamos visto y visitado todo por nuestra Sierra de Madrid, y en casos como el que describiré aquí se confirma que aún nos quedan lugares y paisajes por disfrutar. La previsión de lluvia hizo buscar de nuevo un sitio cercano para animar al personal. A pesar de todo, la climatología, supuestamente adversa hizo mella y asistimos al estreno sólo seis.

El comienzo por el GR-10 junto a casas de fin de semana sólo nos sirvió para coger ritmo y ver la afición por el paint ball de grupos de jóvenes que acudían a una finca a pegarse tiros de bolitas con tinta; como cuando nuestra mili pero en versión moderna y pagando. Qué entretenimientos.

A partir de allí empezó la marcha por campo, que nos deleitó con una gran variedad de árboles en plena explosión primaveral: varios tipos de pino, arces, chopos, y, de vez en cuando, oleadas de aromas que alguna vez nos hicieron detener para disfrutarlos. Tras dos o tres kilómetros de pista con ese ambiente llegamos a la primera bifurcación donde se contempla todo el Hueco de San Blas que nos esperaba: realmente una maravilla de valle, y eso que las nubes entonces demasiado bajas no nos dejaban ver en su totalidad. Pepe empezó a mostrar su admiración por lo que veíamos y caminábamos, y eso que sigue prefiriendo las sendas y monte libre a las pistas forestales.

El resto de camino dentro del Hueco confirmó nuestra primera impresión: qué lugar tan apartado y tranquilo. Hay que traer al resto del grupo en la primera ocasión porque vale la pena repetir.

Una pequeña variante para regresar y aparecieron unos boletus edulis, tremendus añadiría yo por el tamaño, que se llevaron los afortunados que los pillaron. Hay fotos que lo acreditan, para los incrédulos. A la vuelta, más jóvenes esperando para su representación guerrillera y nosotros contemplando, ahora sin nubes, las traseras de La Pedriza, La Cuerda Larga, La Najarra ... verdes como pocas veces lo veremos.

Los asistentes fuimos: Vicky, Monique, Robert, Pepe, Javier y este cronista. Fueron unos 500 metros de desnivel y 21 Km de recorrido en algo más de 6 horas.

Todo un descubrimiento, volveremos.

Rafa

La siempre agradecida Pedriza

Los que no salimos de la Comunidad de Madrid por San Isidro preparamos una marcha de circunstancias, dado que las previsiones meteorológicas para todo el sábado 17 eran de lluvia. Así que salió la siempre agradecida Pedriza, que, además de estar cerca de nuestras casas, permite varias opciones según cómo se presenten las nubes, vientos y demás agentes atmosféricos incordiantes.

Como la mañana empezaba algo despejada y con buena pinta, dejamos de lado las pistas forestales previamente anunciadas y nos liamos (bueno, Pepe nos lió y los demás nos dejamos) por sendas hacia el Collado del Cabrón (por allí nos llovió durante media hora, pero sin muchas ganas), Cuatro Caminos, y, como seguía la buena pinta y el cielo se abría tentador, continuamos monte arriba en dirección al Collado de la Ventana.

No llegamos hasta dicho collado, sino que nos desviamos hacia el este hasta otro al pie de la Torre de los Buitres, lugar que no conocíamos y que sirvió de excelente comedor. Para colmo de ventura el sol se presentó en plena comida, con lo que entre la vista de todo el Circo de la Pedriza Posterior y el vuelo frecuente de varios buitres que tuvimos muy cerca, estuvimos más de una hora disfrutando de un espectáculo único.

Con el cielo bastante despejado, la bajada la hicimos muy sosegada y junto al Arroyo de la Majadilla hasta llegar al aparcamiento de Canto Cochino.

Vicky, Mateo, Jose, Pepe, Javier y Rafa tuvimos el privilegio de disfrutar de unos 600 metros de desnivel, 12 Km de recorrido y 6 horas de marcha.

Rafa

El puente de San Isidro por tierras de León

Desde que a finales del pasado febrero empezamos a preparar este viaje nos ha venido mirando la tuerta. La tuerta aliada a meigas, hados y resto del especto mágico y agorero que, como digo, se ha venido empeñando en arruinar el ansiado viaje a la montaña leonesa. Después de sortear los malos augurios meteorológicos para Semana Santa cambiando el viaje a última hora y encaminándonos a Extremadura, nos tocaba ahora, en el puente de San Isidro, cumplir lo soñado. Pero no, tampoco San Isidro intercedió en la conjura, seguramente cabreado porque huyéramos de las fiestas en su honor, y así los meteorólogos de servicio nos vaticinaban agua y más agua.

Inasequibles al desaliento, nos dijimos que de esta vez no pasaba, que aunque fuera necesario crestear con traje de neopreno, nosotros íbamos para allá; aunque cayesen chuzos de punta. Cuando así nos ponemos losdelmonte no hay quien nos detenga. Pero las malas noticias llegaron poco después, cuando nos enteramos de la indisposición sufrida por uno de los integrantes del grupo, alma mater de la expedición, que le obligó a él y a sus acompañantes a abortar el viaje; así que la tropa, sensiblemente diezmada y algo preocupada, continuamos viaje dispuestos a cumplir el programa.

A las 12,30 en León

El viaje se programó para hacer una parada en León capital. Parada de agrupamiento de huestes, de visita cultural y, dada la hora, para hacer los honores a su contundente gastronomía. No nos defraudó.

En primer lugar visitamos la Colegiata de San Isidoro. La iglesia estaba cerrada por restauración, pero la visita al Panteón Real no nos defraudó, más bien al contrario, por primera vez sentíamos que algo empezaba a salir bien. La llamada Capilla Sixtina del románico es de una simpleza de líneas y de colores tan armoniosa, luce tan fresca tras 900 años de existencia sin restauración, que a todos nos maravilló, incluso a aquellos que ya la conocíamos.

Henchidos de tanta belleza, tocaba almorzar y para ello nos dirigimos al Barrio Húmedo, que no requiere muchas explicaciones. Allí degustamos lo que se nos antojó: revuelto de bacalao, ancas de rana, puerros rellenos, entre otras cosillas, y una maravillosa morcilla de la cual repetimos. Todo ello regado con un estupendo vino del Bierzo.

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Después de darle gusto al cuerpo, volvimos a cultivar lo que atañe al espíritu y nada mejor que visitar la Catedral, la pulcra leonina. Aprovechamos que aún están restaurando las vidrieras y nos encaramamos, previo pago de la entrada claro está, a la plataforma situada sobre el trascoro, desde la que pudimos contemplar las vidrieras y disfrutar de una vista poco frecuente del interior de la catedral; porque si no es por estas facilidades, a ver quien es el guapo que en estos tiempos levita hasta situarse a nivel del primer piso. Tras la visita guiada, nos perdimos por el interior para degustar las explicaciones dadas por la guía pero esta vez a nivel de suelo que es como lo hacen la mayoría de los mortales.

Acto seguido, nos pusimos en marcha hacia Valdelugueros, donde nos hospedamos y donde tras conocer a nuestros huéspedes debíamos preparar la logística de las marchas programadas.

Ascensión al pico Huevo

El viernes amaneció nublado. De cuando en cuando llovía, pero algún claro en los cielos nos hacía pensar que a lo mejor teníamos suerte y no nos mojábamos demasiado. Después de desayunar nos desplazamos en coche hasta el cercano Redipuertas, pequeño pueblo de tan solo 212 habitantes, donde debíamos dejar un coche de apoyo, pues la marcha programada exigía este operativo. Allí conocimos a Avelino, albañil de profesión, experto espeleólogo que descubrió hace unos años una cueva y que en la actualidad explota durante los meses de verano. Según él, y todos aquellos a los que preguntamos en los pueblos cercanos, la cueva, aunque más pequeña que la famosa de Valporquero, es una auténtica maravilla. Será cosa de visitar la próxima vez que nos demos una vuelta por la zona.

Continuamos la carretera en dirección al Puerto de Vegarada (1560 m), aparcamos los coches, nos apeamos y a todos se nos desencajó la mandíbula al contemplar el espectáculo que se avistaba desde allí. Cuando nos disponíamos a emprender la marcha, sin saber a ciencia cierta hacia donde dirigirnos, aunque miráramos una y otra vez los mapas, pasó por allí un lugareño al que nos dirigimos ávidos de información. Hombre atento aquel, que nos señaló dónde y nos dijo cómo llegar a la Puerta Faro, primer tramo de la jornada. Allá nos dirigimos, no sin antes corregir el rumbo un par de veces hasta encontrar la senda adecuada.

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Subimos a Puerta Faro (1969 m) pasando por parajes, como la Vega de Faro, de una belleza extraordinaria. Atravesamos un nevero y tras empinada ascensión accedimos al pequeño collado, denominado puerta por dos rocas a modo de pilares sin dintel que daba paso a un valle precioso, que posteriormente recorreríamos en nuestro camino de vuelta.

Recuperamos fuerzas tras la subida y acumulamos energías para lo que nos quedaba, la subida al Pico Huevo (2156 m). Surgieron algunas dudas: por la empinada rampa, por el nevero que debíamos superar, y porque una nube empezaba a abrazarse al Pico Faro por cuyo lado izquierdo teníamos que progresar. Fue la intrépida Mabu (o Magu, ¿o es Maru?) la que tiró de nosotros al no plantearse ninguna de las dudas que los demás albergábamos y tras ellas iniciamos la ascensión.

Si dura fue la subida, si difícil el terreno, quedó compensado todo con las magníficas vistas que desde allí disfrutamos. Nos hicimos fotos, inspeccionamos las inmediaciones, consultamos el report con datos de la ascensión dejado por algún montañero, descubrimos una tartera para buscadores de tesoros y contribuimos a aumentar su botín con un pequeño obsequio. Después descendimos de nuevo a Puerta Faro para comer.

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El camino de regreso consistía en recorrer el Valle de Faro, o Valle de las Cascadas, como algún autor ha denominado a este espléndido espacio por el que discurre el Arroyo Faro hasta su desembocadura en el Río Curueño. La dificultad estribaba en llegar hasta la pista que recorre paralela al arroyo hasta Redipuertas; así que después de recorrer durante un rato un sendero que parecía el indicado en la descripción de la marcha que nos habían facilitado, consideramos que no perdía suficiente altura y nosotros lo que deseábamos era descender, por lo que retrocedimos a la cabecera del arroyo y p’abajo, a tumba abierta. Una vez más, fue Mabu la que, mediada la bajada, sea por intuición, o por suerte, el caso es que dio con una trocha que nos condujo hasta la anhelada pista; eso sí no todos, porque parte del grupo descendió por el otro lado del arroyo, que siempre hay rivalidades y piques.

Desecho el operativo, regresamos a la casa rural -no sin antes proveernos de pan para el sábado en Lugueros- para asearnos, disfrutar de una más que merecida cena e irnos a descansar que el día siguiente teníamos otra marchita.

Datos de la marcha:
Inicio:
Llegada:
Punto más elevado:
Punto más bajo:
Ascensión acumulada:
Descenso acumulado:
Distancia:
Duración total:
Puerto de Vegarada (1560 m)
Redipuertas (1307 m)
Pico Huevo (2156 m)
Redipuertas (1307 m)
701 m
942 m
16 Km
7h 28’


Sábado, ascensión al Bodón

Como el día anterior, el sábado amaneció con claros y nubes; más nubes que claros; pero presagiábamos que también tendríamos suerte, que no nos mojaríamos; no obstante, portamos en el macuto la ropa de agua por si las moscas.

Después de despedirnos de Luz y Fidel que partían con destino a Vigo, nos encaminamos a Lugueros (1197 m), punto de inicio de la marcha, desde el que partimos en dirección a Llamazares (1250 m) por carretera, pero andando, porque estaba cortado el paso por obras de canalización en las calles de aquel. Aunque pisábamos asfalto y estábamos ansiosos por iniciar la subida al Bodón (1969 m), la montaña más significativa de los Argüellos, donde los celtas tributaban culto al dios Bodo, el camino fue agradable por las vistas que disfrutamos: el verdor de los prados, la montaña siempre visible en nuestra marcha, los pájaros cantan, las nubes se levantan, que si, que no, que caiga un chaparrón, con azúcar y turrón…

Una vez cruzamos el río Labias, por el puente, como dios manda, comenzamos a ascender por pista amplia de frente a la cuerda; la falda sembrada de hayas, con ese verdor alegre y tierno que estas tienen en primavera, y algunos meños, como dice Carlos, que sirven de orientación. Tras un Km, llegamos a una bifurcación y tomamos la de la izquierda, como no podía ser de otra forma, que nos acercaba al objetivo pero que al poco vimos que no era la decisión correcta porque no ganaba altura y nos iba a colocar debajo mismo del Bodón, por lo que decimos meter la directa y por un canal nos adentramos en el hayedo, pusimos la reductora y subimos al Collado Valverde (1889 m) de un tirón, con los pulmones que no cabían en el pecho y las piernas a punto de reventar.

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Recuperado el aire faltante y al ralentí el ritmo cardíaco, pudimos contemplar una magnífica vista del valle donde se ubican los pueblos de Valverde y Valdeteja que nos invitó a acomodarnos para descansar, admirar y reponer fuerzas y líquidos; tras lo cual, emprendimos camino para coronar el Bodón.

Tras mucho andar, mucho subir y mucho bajar, que aquello parecía un tobogán, llegamos al punto decisivo de la jornada. Desde donde estábamos situados divisábamos la cima a la que nos dirigíamos y una enorme cueva, La Cuevona, que dicen por allí, a mitad de recorrido. Según divisábamos, el camino descendía desde el lugar en el que estábamos, pasaba por debajo de la cuevona y ascendía verticalmente hasta la cima; y eso fue lo que un informante el día anterior nos dijo que debíamos a toda costa evitar, pasar por debajo de la cuevona, que debíamos pasarla por arriba porque si no se nos haría eterna la subida a la cima.

Se enviaron tropas de reconocimiento, volvieron sin noticias de la senda para pasar la cueva por arriba, así que, dada la hora, el temor a equivocarnos y el cansancio acumulado, optamos por no coronar, comer tranquilamente y volver grupas. He de decir que fui el ponente de la alternativa, que si tiro p’alante los demás hubieran continuado, porque ganas no les faltaban. No lo vi nada claro y preferí dejar un reto para próxima visita en lugar de un enrisque para mofa ad vitam eternam.

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Más de lo mismo en el descenso, por senda hasta el Collado Valverde, allí iniciamos la bajada por lo que parecía también senda que pronto desapareció; así que hala, a lo bestia por el hayedo hasta la pista. De guasa vamos. Qué sutiliza la nuestra. Luego por la pista hasta Llamazares y por asfalto de nuevo hasta Lugueros, donde nos cambiamos de calzado y en el bar Peña nos bebimos un par de birras con una ración de chorizo casero que estaba para ponerle un piso. Magistral embutido, no me extraña que el dueño me pusiera la cara que me puso cuando le pregunté si procedía de la fábrica local.

Ya de vuelta, en la casa rural donde nos albergábamos, Mónica, su dueña, nos presentó a Javier, conocedor de la zona, experto montañero que afirma se sube al Bodón desde Tolibia de Abajo en hora y media, pero que no supo aclararnos la ruta de subida desde donde la intentamos. No obstante, se ofreció a organizarnos alguna ruta la próxima vez que visitemos la zona, de la categoría que digamos. Así es de encantadora la gente de León.

Datos de la marcha:
Inicio y llegada:
Punto más elevado:
Punto más bajo:
Ascensión acumulada:
Distancia:
Duración total:
Lugueros (1197 m)
1819 m
1168 m
790 m
14 Km
8h 5’


Regreso a Madrid, no sin paradas claro

Triste por nuestra despedida, amaneció lluvioso el domingo. Llorando estuvo toda la mañana mientras recogíamos nuestras cosas y nos despedíamos de Mónica y Javier, regentes de la Venta del Aldeano. Lluvioso y triste se mantuvo mientras nos encaminábamos a las Cuevas de Valporquero, última visita del programa leonés. Aún así, qué preciosidad de paisaje, qué desafiantes sus montañas. La ruta hasta Valporquero, como luego el paso por las Foces de Vegacervera, son espectacularmente bellas.

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Llegamos con la hora justa, medida, a las cuevas. Íbamos algo reticentes a la visita porque alguna cueva más habíamos visto anteriormente. Por lo que a mi respecta, tenía ganas de verla porque, abiertas desde 1966, no había podido hacerlo ni durante el período que viví en León ni en mis posteriores visitas a esas tierras. Y nos encantó a todos, ya lo creo. Es impresionante lo que el tiempo y el agua pueden hacer. La visita, de hora y pico de duración, se nos pasó volando, y nos permitió contemplar admirados estalactitas, estalagmitas, coladas y columnas de diferentes brillos y colores que se suceden a lo largo de siete salas moldeadas durante más de un millón de años. Sencillamente espléndidas.

Tan encantados quedamos con la visita y del viaje en general que, por sugerencia de Carlos, nos fuimos a celebrarlo al mesón El Ermitaño, en Benavente, donde degustamos unos platos exquisitos y tomamos café mientras Nadal derrotaba a Federer en Hamburgo; con lo que satisfechos por la comida y preñados de orgullo patrio deportivo regresamos a Madrid.

Fotos del viaje

Hasta pronto

Bello su paisaje, tranquilos sus pueblos, rumorosos y claros sus ríos, con fauna para disfrutar -Fidel y yo contemplamos dos rebecos a la entrada de un pueblo y al lado mismo de nuestro coche- y con una gente encantadora, esta zona merece que volvamos a recorrerla, a crestear por ella, a charlar con sus gentes, en fin, a disfrutarla. Lo haremos, ya lo creo que lo haremos, porque también nosotros nos lo merecemos.

Catástrofe en Birmania


Impresionantes estas imágenes de satélite publicadas por la NASA que muestran la zona de Birmania (Myanmar) devastada por el ciclón Nargis y en la que se estima han podido perder la vida cerca de 100.000 personas.

Las imágenes fueron tomadas el 15 de abril, antes de la catástrofe, y el 5 de mayo, en la que se puede apreciar una extensión de aproximadamente 5.000 Km² anegados por el agua.

Más información en la NASA.

Otra vez a remojo

Nada que nos empeñamos en salir al monte con la borrasca primaveral y acudimos a donde nos digan, tal es el amor sabatino que profesamos por el campiri que nos la ponemos (la borrasca se entiende) por montera y hale a caminar. Creo que esto del monte es un pretexto para ver a los amigos, desayunar, comer y merendar con ellos, y caminar si podemos, que otros tiempos más calmos vendrán, meteorológicamente hablando.

Nos reunimos en Villavieja del Lozoya a las diez, como mandan los cánones, que a nosotros lo de las diez es como a los toros lo de las cinco, aunque con lo del cambio horario ya no hay corrida que comience a las cinco, eso era antes, nosotros no, en invierno y en verano a las diez.

Desayunamos en el bar de la plaza y aprovechamos para pertrecharnos con todo el equipo de agua (polainas, pantalones y chaqueta gore), desenfundamos paraguas y capuchas y a la voz de ar nos dirigimos a la estación en ruinas de Gascones-Buitrago, donde se iniciaba la marcha.

Entre cafeses y preparativos nos pusimos a andar a las 11 de la mañana y hala, dale que te dale por la pista p’arriba. Y el agua venga a caer, regatos continuos llevaban por la pista dirección contraria a la nuestra, a veces teníamos que vadear auténticas lagunas y el campo, famélico de agua, estaba que daba gusto verlo. Todo eso producía en nosotros un auténtico placer, a quien se le diga.

Tras dos horas de andar bajo el agua llegamos al refugio de Santuil y allá que nos metimos todos en su porche para guarecernos, quitarnos las capas externas empapadas y descansar un momento. La leña seca junto a la chimenea nos indujo a prenderla para secarnos y calentarnos. Ese momento, el de prender la yesca, de soltar los primeros humos, fue mágico. De repente nos encontramos desembalando viandas y dándole a la bota que era un primor. Algunos prefirieron prolongar la marcha pues el caminus interruptus les había dejado algo insatisfechos. El resto, la mayoría, nos quedamos a comer. Que más da que fuera la una, además no estaba Robert y teníamos que aprovechar para comer como los europeos, no como los de Zimbabwe que es a la hora que según el comemos. Que se fastidie, cuando venga volveremos a nuestras costumbres que al gabacho ni agua. Cómo semos.

Después de comer, faltándonos el café, emprendimos el regreso a la estación, nos cambiamos y fuimos a la casa rural de Villavieja para tomárnoslo y dar buena cuenta de la tarta de Mamen. Agradable sitio, El Arco. Allí nos dispusieron un pequeño salón donde nos acomodamos como si en el de casa estuviéramos. Alguno dio una cabezadita, solo faltó poner la tele con el tenis para quedar todos roque. Luego regreso a Madrid.

Oye, fenomenal los del Instituto Meteorológico. Dijeron que había una probabilidad del 95% de lluvia y acertaron, únicamente dejó de llover en el tramo que recorrimos desde la casa rural a los coches. Que linces.

En total recorrimos 14 Km en 4h y 45’, incluida comida, y con una ascensión total de 430 m. Los participantes 14: Rafa, Mateo, Pepe, Miguel Ángel, Mamen, Fidel, Luz, Maxi, Guida, Carlos, Mabu, María, Begoña y yo. Fotos no hay, solo se me ocurre poner un vídeo que viene como anillo al dedo.


Hasta pronto.

El Montón de Trigo, por fin

Desamparados por la desbandada de los integrantes del grupo este pasado y antigabacho puente, Begoña me propuso subir al anhelado Montón de Trigo pues llevaba tiempo lanzando iniciativas en ese sentido y ningún montero procesó hasta ahora las señales. Así que me apresté a diseñar una marcha que colmara sus expectativas, con enjundia, de las de poder hablar después y que sirviera para afianzar posiciones en el ranking de la temporada. Y nos perdimos.

La ruta proyectada partía del Puente de la Cantina (1350 m), en Valsaín, al final de las siete revueltas por más señas, tomaba el GR 10.1 hasta el Puerto de la Fuenfría (1796 m), continuaba después al Cerro Minguete (2023 m) y al Montón de Trigo (2155 m), cota máxima de la jornada, para luego llegarse al Collado de Tirobarra (1984 m) y volver por senderos y pistas a enlazar con la pista asfaltada de la Acebeda, junto a la Fuente de la Reina, y desde allí al punto de inicio. En total, sobre el papel, unos 16 Km más o menos. Pero nos perdimos.

A 3 Km del inicio de la marcha, el GR abandona la pista asfaltada y transcurre por sendero tantas veces recorrido y que recordábamos inclinado pero precioso y montañero; bueno pues ahora los explotadores forestales de la zona la han convertido en una ancha y fangosa pista que llega hasta el mismo Puerto de la Fuenfría. Además, a diestra y siniestra hay abiertas pistas complementarias de desmonte y entre cruces, barro y troncos y ramas talados han hecho que pierda todo su encanto. Espero que la próxima vez que tengamos intención de recorrerla no nos la encontremos asfaltada, con bancos y farolas a los lados y algún chiringuito en punto estratégico. Una aberración, vamos.

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Desde donde se unen el GR mencionado y el camino Schmidt ya todo volvía a su ser y no encontramos más sorpresas hasta la bajada del Collado de Tirobarra. El día, aunque nublado, era excelente para caminar, y cuando recorres la cuerda o contemplas el paisaje desde las cimas visitadas se te olvidan los cagamentos emitidos durante la subida por el GR.

En el descenso del Montón de Trigo nos escoramos tanto a la derecha que, por no consultar el plano, caímos en un camino que creíamos el bueno y menos mal que nos dimos cuenta a tiempo que si no estábamos aún dando vueltas a la falda del citado monte. Corregido el rumbo, nos encaminamos al Collado de Tirobarra desde donde debíamos emprender el regreso al punto de salida. Y nos perdimos.

Salió el sol y comimos en un promontorio, balcón con bellas vistas a los Montes de Valsaín; las espaldas defendidas por dos torres, La Pinareja y el Montón de Trigo; a la izquierda el Collado de Río Peces, otras veces visitado; a la derecha La Camorca; a nuestros pies el Pinar de la Acebeda y de frente, al fondo, la Granja de San Ildefonso y Segovia. Hermoso lugar para reponer fuerzas, descansar un poco y emprender el camino de regreso. Y nos perdimos.

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Pues si, nos perdimos. Embelesados por la belleza del paisaje, confundidos por el mapa (a ver si lo renuevo), el caso es que dimos unas vueltas por pinar agreste en busca de un sendero que nos llevara a la Majada el Regajo o Corrales de las Cabras que también así se le conoce. Pero allí no había sendero ni cristo que lo fundó. Cansados del toma y daca con pinar y escobas, siempre tratando de no perder cota, decidimos reorientar nuestra deriva e ir al encuentro del Arroyo de las Cabras, que intuíamos debía tener algo que ver con los Corrales, en la confianza de que estuviera despejado de zarzas y matorrales y se dejara recorrer y cruzar cuando lo necesitáramos. Finalmente accedimos al arroyo que se mostraba despejado de matorral, rodeado de mullida pradera que invitaba a tenderse y descansar si no fuera por la humedad que albergaba.

Alcanzado el objetivo, cercano al más alto de los corrales encontramos un fito señalando un sendero que como Guadiana aparecía y desaparecía a su antojo pero que nos orientó en el derrotero a seguir y conseguimos al fin alcanzar una pista que desembocaba en la ansiada Fuente de la Reina, en la carretera de la Acebeda.

Antes de seguir la carretera asfaltada, intentamos sin éxito acortar la marcha por sendero indicado en el plano que siempre es más agradable. Nuevamente volvimos sobre nuestros pasos pues no había forma de reconocer el trazado, no quedándonos más remedio que recorrer los 6 Km largos de pista que nos restaba al Puente de la Cantina, punto de inicio y fin del recorrido.

Fotos de la marcha

En total recorrimos 18 Km, con un desnivel acumulado de 987 m, en un tiempo total de 7h y 25’, incluyendo paradas e incluso un ratito de charla con Hilario, un conocido y su amigo con quienes nos cruzamos camino del Collado de Tirobarra.