La Cuerda Larga

Preocupados durante estas últimas semanas por la organización del operativo para acometer esta famosa marcha madrileña, veíamos cómo se acercaba la fecha y nuestra condición física en franco declive debido a una serie de acontecimientos sociales que nos impidieron salir al monte durante tres semanas. Así que, cuando el sábado sonó el despertador, unos nubarrones mentales me empujaban a desistir y a quedarme entre las sábanas, pero, entre que una oportunidad así no se da con frecuencia -ya que esta marcha o se hace con operativo de transporte o si no es una paliza de las de no te menees-, que Begoña coordinaba la marcha por parte de losdelmonte y que había que contrastar el estado físico del grupo con el exhibido hace años, pensé eran ingredientes suficientes para abandonar la cálida cama, vestir el terno montero, montar la mochila con lo imprescindible y acudir a la cita.

Disponer la parada intermedia del autocar, que salía de Alcorcón, para recoger a los de Madrid no contentó a todos, porque si es más directo por aquí o es mejor que quedemos en acullá, el caso es que fue difícil la elección del lugar de recogida y ceder a las presiones de unos y de otros. Como asistente de la coordinadora soy testigo de las cavilaciones y lugares testados para elegir el sitio idóneo, o sea, que se pudiera aparcar, que hubiera una estación de metro cercana y que equidistara de las residencias de cada cual. Al final, y después de visita expresa al lugar, se decidió que el Campo de las Naciones reunía esas condiciones y así se envió la convocatoria.

El caso es que por muchos afanes que te tomes en elegir emplazamiento, situar los puntos de recogida en el Google Maps y establecer horarios, al final resulta como dios da a entender. Tan preocupado estaba Rafa porque se situara correctamente la parada del autocar frente al Teatro Buero Vallejo de Alcorcón, y únicamente fue él, de nuestro grupo, el que acudió a esa parada. Si se sitúan en el mapa el aparcamiento y la parada del autocar en el Campo de las Naciones, pues el personal aparcó donde le dio la gana y estableció la parada en el lado opuesto de la glorieta. Si se dice que el autocar sale a las 8,20 y que estemos con antelación, pues se llega 25 minutos tarde. En fin, estas cosas nuestras.

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Una vez el autocar se incorporó de nuevo a la M-40 y alcanzó su velocidad de crucero comenzaron a disiparse mis nubarrones mentales, era ya todo buen humor, charla amigable con los adjuntos de butaca y presentaciones oficiosas con integrantes del grupo principal, los temibles de Alcorcón, los que allá por junio de 2002 recorrieron La Cuerda Larga como posesos dejándonos a losdelmonte en la retaguardia todo el camino.

Cuando el autocar tomó la desviación a Miraflores de la Sierra se divisaba en parelelo y en toda su extensión la majestuosa cordillera por la que poco tiempo después marcharíamos, de nuevo comenzó a recorrernos el cuerpo una cierta inquietud, constatábamos lo larga que es esta Cuerda Larga de nuestros amores. Esta visión sirvió a cada uno para, mientras llegábamos a La Morcuera, preparar mentalmente la jornada, programar descansos y avituallamientos, concienciarse de la importancia de la dosificación, porque en esta marcha no hay cuentos que valgan, o la completas o tienes que montar la de cristo bendito para volverte a casa.

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Tras apearnos del autocar en La Morcuera, nos pusimos en marcha enfilando la pista que sale del mismo puerto y esquivando la dura ascensión a La Najarra que hay que iniciar inmediatamente, pero Pepe, ansioso por comenzar con las sensaciones fuertes y sin sutileza alguna, dio el queo al personal y todos nos desplegamos refunfuñando por la ascendente ladera. Algún tiempo después nos reagrupábamos en La Najarra donde entonamos el tintirinti. Esta parada y luego en Los Bailanderos fueron las únicas veces en todo el recorrido que coincidimos el grupo en pleno, pues a partir de ahí cada cual adoptó la cadencia de marcha que le convino, hizo pandi con la pareja, faltaría más, y con aquellos de fuerzas y ritmo coincidentes, así hasta el final.

Como digo, el camino parte del Puerto de La Morcuera (1796 m), se inicia con ascensión a La Najarra (2122 m) para luego encadenar subidas y bajadas constantes hasta convertir la marcha en un auténtico rompepiernas: Collado de La Najarra (1972 m), Los Bailanderos (2137 m), Collado de Pedro de los Lobos (2051 m), Asómate de Hoyos (2242 m), Collado de las Zorras (2177 m), Lomas de Pandasco (2247 m), Collado de Peña Vaqueros (2222 m), Cabeza de Hierro Mayor (2380 m), Cabeza de Hierro Menor (2328 m), Collado de Valdemartín (2151 m), Cerro de Valdemartín (2278 m), Collado de Guarramillas (2159 m), Alto de Guarramillas (2268 m) y, por fin, el Puerto de Navacerrada (1860 m).

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Si temibles son algunas subidas, me estoy acordando de La Najarra por ser nada más empezar a caminar, o la mayor de las Cabezas, o Valdemartín que a mi me costó la de dios, las bajadas no tienen desperdicio sobre todo las que llevan a los Collados de La Najarra y Valdemartín y la última al Puerto de Navacerrada, auténtico quemapiés, porque no es ya lo que bajas, sino que piensas que lo que pierdes de altitud lo vas a tener que recuperar, así que te desmoraliza que pa’que te voy a contar.

Algunos de losdelmonte optaron por comer sobre unas peñas en el descenso al Collado de Peña Vaqueros, mi chica y yo sin embargo preferimos continuar y atacar de una vez el temido Cabeza de Hierro Mayor, no dejándolo para después de comer. La subida fue mucho mejor de lo que pensábamos y recordábamos de la vez anterior, la nieve facilitó mucho la subida pues nos permitió ascender más directos por una bella ladera con magníficas vistas, eso y el sol nos hizo disfrutar de la subida. En la cima, el paisaje que se avistaba era precioso, las peñas nos sirvieron de parapeto al viento que, aunque no mucho, algo refrescaba y allí comimos en uno de esos restaurantes únicos y selectos de Madrid, donde un montado de lomo te sabe a las mil maravillas.

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Después de comer, retomamos el baja y sube, vuelve a bajar, otra vez a subir y por fin la bajada de todas las bajadas, la final, la quemapiés, la que nos llevaba sin remisión a la ansiada jarra de cerveza con gaseosa para reponer líquidos, un lavabo donde asearte y hala al autocar para regresar a Madrid, no sin antes darnos una vuelta por la carretera de La Coruña y hacernos la circular de la M-40, homenaje que quiso darnos el conductor.

En total hicimos el recorrido 52 montañeros. Nuestro grupo aportó a los siguientes participantes: José Antonio, Rafa, Mateo, José, Ricardo, Jose Mari, Marta y Javier que acompañaron a Javier Seijas, Paco que fue invitado por Pepe, Carlos, Mabu, Fidel, Luz, Chus y Antonio que venían por parte de Begoña y yo. El resto los de Alcorcón que dirigió Mamen -que es de los dos grupos- y a la que hay que felicitar por la organización del operativo.

Empleamos 8 horas y 40 minutos en recorrer los casi 19 Km de La Cuerda Largaaaa y nos metimos entre pecho y espalda 1245 m de ascensión acumulada, que no está nada mal. En esta ocasión los de Alcorcón no nos dejaron atrás, esta vez losdelmonte demostraron que su tono físico ha subido y mucho.

Fotos de la marcha

Hasta pronto ¡ah! y ¡aúpa Alcorcón!

Cuando no puede ser ... (epílogo)

Tras las despedidas reemprendimos la marcha, además de los citados por el cronista, Juana, José Antonio y Rafa. Gracias al ánimo de algunos y a la complacencia de otros, lo cierto es que esta pequeña hueste prosiguió el camino. La pista transcurría aproximadamente en paralelo a la carretera de Burgos, bordeando la sierra de la Cabrera en dirección norte, bajo el Pico de la Miel y hacia la falda del Mondalindo. La lluvia arreciaba y el agua corría desbordada por el camino, tanto, que llegó un momento en que un auténtico caudal cruzaba ante nosotros por una pequeña vaguada. Entonces, y no se sabe si bien por mor de propia o ajena cordura, porque J.A. andaba apremiado con el viaje de ultramar que debía hacer por la noche, o por ambos motivos, lo cierto es que, acompañado de Juana y Rafa, los tres se dieron la vuelta en dirección a la Cabrera.

Quedamos entonces un resto de cinco… (¡Pepe!). Era un verdadero placer oír la lluvia cayendo sobre nuestras capuchas y ver como se deslizaba por las canalejas del camino, pensando en la primavera reverdecida y haciéndonos cábalas sobre lo que iba a aumentar la reserva de los pantanos situados aguas abajo. Hasta tres torrentes más tuvimos que cruzar como pudimos, saltando sobre las piedras sumergidas que se vislumbraban entre las turbias aguas. A todo esto, Carlos, a lo “Lope de Aguirre”, daba ánimos al grupo proponiendo llegar primero hasta Valdemanco y después, cuando barruntamos que aquel objetivo era inalcanzable, hasta Garganta de los Montes.

¡Quizás por ése collado!, decia, ó ¡por aquél otro! ¿Será esa pendiente que se divisa entre la niebla la ladera del Mondalindo?. No, tiene que estar más allá. ¡! Mira, ese pueblo de la derecha debe de ser Lozoyuela!! Y así, seguimos y seguimos como un par de horas más. No me pregunteis los kilómetros o las leguas que hicimos. Lo que sí os puedo decir es que fue una gozada sentir la lluvia, por fin, como en los viejos tiempos y ver el agua correr con fuerza por la tierra.

Ya cuando nos apercibimos de que atravesar hacia la ladera de Garganta era hazaña de titanes y además, madrugadores – serían ya las tres de la tarde por esos pagos-, decidimos dar la vuelta hacia la Cabrera, por el mismo camino. Al poco, Carlos divisó un corzo precioso, gris y culiblanco, señalándolo a los demás, con lo que pudimos contemplarle unos momentos dando saltos sobre las jaras que tapizaban la ladera. Al rato y aprovechando un alto en la lluvia, hicimos una parada para degustar el excelente preparado que traía Mabu y que compartimos regado con vino de bota. Comimos al abrigo de unas rocas y disfrutando del colorido gris y verde del paisaje de la Cabrera, iluminado por los rayos de sol que se colaban por los rotos de una nube, maravilloso rompimiento de gloria para un final de marcha. Tras reanudar el camino, un cuarto de hora más tarde estábamos en la Cabrera y pa casa, por cierto, yo bien calado ¡Ay , material, material…!

Cuando no puede ser …

… no puede ser y además es imposible

Amaneció el día para salir a comprar el periódico y unos croissants y volver a casa a resguardarse de la lluvia, pero no, losdelmonte nos obcecamos en hacer caso omiso de las predicciones meteorológicas y salir al monte con la esperanza de que escampe. Esta vez sin embargo los astros se alinearon para recoger sólo en Madrid el agua de boca que Barcelona necesita y así nos cayó la que no está en los escritos.

Plenos de moral como digo, nos encaminamos a Robregordo donde nos citaron los líderes, que en esta ocasión se pasaron por el forro los consejos de los José Antonio Maldonado, Florenci Rei y toda la corte meteorológica de este país. Ya por el camino, el sentimiento era extraño pues por una parte ibas, a medida que avanzabas, siendo cada vez más consciente de que aquello no tenía arreglo, pero por otra qué gozada ir tempranito por la carretera en busca de un incierto destino montero y a ver lo que sale.

Al llegar a Robregordo, se había conjurado encima nuestro la borrasca de Las Azores en pleno, las nubes a ras de tejados y la lluvia cae que te cae sin pausa, así que Rafa nos convenció de que volviéramos grupas a La Cabrera que, al pasar, había visto que estaba despejada. Qué cachondo el Rafa, así que despejada. Tal era el agua que caía que, dando por cierto lo que afirmaba Rafa, llegué a pensar que éramos nosotros los que llevábamos las nubes encima de nuestras cabezas como en esas películas de dibujos animados en las que el prota lleva el enjambre de insectos cual boina persecutora. Ya me veía yo sacado en procesión en los próximos meses, cuando la sequía arrecie de nuevo. Joer que desvarío.

Volviendo a La Cabrera, nada más llegar nos metimos en el bar para: a) tomar café, b) saludarnos sin mojar a la que te acercabas a dar un beso y c) decidir lo que hacíamos. Yo, sinceramente, estaba ya convencido de que era inútil insistir en caminar por el monte, que aquello no tenía arreglo, así que me apresté a tomar el café, degustar unos exquisitos dulces traídos de Jordania por Miguel Ángel y regresar a casa, pero … la voluntad del grupo, o de algunos del grupo, puede más y casi sin darnos cuenta nos encontramos enfundándonos polainas y pantalones de agua y desplegando paraguas, así que hala a caminar.

Como era de esperar, la marcha se convirtió en un desmadre pasado por agua. Debo explicar lo primero porque lo otro, después de lo contado hasta aquí, es obvio. La mayoría salimos sin macuto, convencidos como estábamos de que volvíamos a comer a los coches. Otros sin embargo se echaron la mochila a la espalda y piensas que son de los que se sienten desnudos si no la llevan al monte, que los hay, o que no pueden pasar sin llevar a cuestas el equipo suplementario como guantes, otro forro polar, dos gorros, etc. No, lo que llevaban era la comida, por eso lo del desmadre. Además, la marcha que comenzábamos tampoco estaba clara en cuento a lo del destino y demás, por lo que una hora y media después de pisar barro, saltar regatos, canales y charcas y sin dejar de llover llegó el momento para algunos de volvernos, que ya estaba bien de agua y, como era de esperar, los que llevaban la comida y otros que no la llevaban, ávidos de monte continuaron hasta no sé donde, espero nos lo cuenten.

Desayunamos juntos: José Antonio, Juana, Rafa, Mateo, Miguel Ángel, Pepe, Robert, Monique, Jose Mari, Gema, Belén, Fidel, Luz, Carlos, Mabu, Begoña y yo. Después de desayunar se volvieron Monique y Robert, inteligentes ellos. Los que alargaron la marcha fueron Pepe, Carlos, Mabu, Luz y Fidel. El resto, unos comimos en La Cabrera y otros regresaron inmediatamente a Madrid. Eso sí, todos volvimos empapados y con ganas de más agua pero esta vez caliente.

... Y salió redondo

La jornada empezó con un cielo despejado que nos hizo augurar una marcha muy completa por lo variopinta, tal como el plano daba a entender -casi dos tercios de lo previsto eran nuevos, lo que dado el tiempo que llevamos caminando por esa zona tiene su mérito-.






El pueblo, La Hiruela, nos recibió casi desierto a las 10 y hubiésemos empezado de inmediato a andar de no ser porque el bar ubicado en la antigua escuela estaba abierto, como si hubiesen sabido de antemano de nuestra llegada . Cafés, croissants y hasta algún pincho de tortilla, y, con los depósitos de combustible llenos y las botas puestas, despegamos del aparcamiento hacia las alturas.

Tras de alguna vacilación sobre por dónde iniciar la subida del GR-88 (el GPS de José Antonio nos sacó de más de una duda; qué invento eso de los cuatro satélites siempre observándote) nos hicimos de una tacada los casi 600 metros de desnivel hasta El Porrejón. Un pequeño por lo breve avituallamiento en la cumbre, y, cuerda abajo/cuerda arriba llegamos en menos que canta un gallo, que se decía antes, al Collado de Las Palomas.

Íbamos tan sobrados y tan bien de tiempo que todos optamos por seguir cuerda arriba por la Loma de la Peña en vez de la pista forestal. A partir de allí todo sería nuevo itinerario, por lo menos para el que esta crónica escribe.

Y valió la pena. Comimos viendo el Pico de San Cristóbal y al fondo Colmenar de la Sierra con el cielo bastante despejado: una delicia, y no sólo por las viandas y bebiendas que cayeron.

Seguimos por la citada Loma hasta alcanzar la cima de Cabeza del Viejo, con unas vistas impresionantes; excepto uno o dos los demás nunca habíamos estado, así que disfrutamos lo nuestro.

Bajada por entre los pinos hasta la pista forestal dejada en el Collado de las Palomas, y el GPS de José Antonio y el Mapa de Fidel nos volvieron a llevar por el camino correcto hasta el Valle del Arroyo de Las Huelgas. Las jaras se han apoderado de los barrancos, que no pueden ocultar incendios forestales de los que quedan de testigos varios robles casi centenarios descortezados y ennegrecidos. Qué lástima, seguro que el valle era otra maravilla.

La Hiruela estaba aún lejos y al otro lado del río, así que había que cruzarlo. Un par de intentos para saltarlo, y ante su caudal y profundidad no hubo más remedio que vadearlo descalzos; otra novedad del día.

Enseguida encontramos una pequeña senda que atravesó otro pequeño valle de -esta vez sí estaban intactos- robles jóvenes. Un buen tramo de más media hora andando y enlazamos con la pista forestal que termina en La Hiruela rodeados de más robles de diversas edades. El cielo seguía con nubes y claros, así que todos los presentes celebramos al llegar lo vistoso del paisaje y lo agradecido del día, que ... nos salió redondo .

Fuimos testigos de ello: Gema y José Mari, Juana y José Antonio, Luz y Fidel, Magu y Carlos, María, Viki, Pepe, Mateo, Ricardo (compañero literario de Mateo) y el cronista. Tardamos casi ocho horas en recorrer los 18 Kms y 950 metros de desnivel acumulados. La marcha no era de calificación 2, como en la convocatoria, sino un 3 bien merecido.

Rafael Castro

La Centenera

De cuerpos grises, apilados
en el desnudo monte,
a una cadena inmóvil
de piedra, condenados.

Cuerda vibrante es, sin voz
clama en su torre almenada,
gira una luna quebrada
hecha de polvo y de sangre.

El sudor de los días invernales
da forma a la piedra que espera,
cubierta de brumoso velo,
el otro sudor del caminante.

Cabalgarte, cuerda desnuda,
someter el ciego fuego
del miedo y la fatiga,
llegar, al fin, a tu Centenera cima.

Eslabones al viento,
como nubes ligeras
que cabalgan en sueños
sobre sueños que sueñan.

Para beber al regreso
el agua serena de la fuente escondida,
cuando es ya la primavera consagrada,
más allá de versículo y doctrina.

Fidel Martínez

La Talibana

Pocas marchas están tan arraigadas en el subconsciente colectivo del grupo como la llamada Talibana, “ejecutada” por única vez hará cinco o seis años. Los hechos singulares acaecidos en aquel día, probablemente magnificados en nuestras conversaciones, junto con su espectacular crestería avistada desde otras marchas por la zona, hizo que se creara en torno a ella una fama épica y misteriosa, que dado el tiempo transcurrido, había que comprobar si era ganada en buena lid.

Con ese noble objetivo nos dirigimos a Valdepeñas de la Sierra. Después del café de rigor, abordamos los coches hasta nuestra primera parada en las proximidades de la famosa “caseta” del pico Palancar, supongo que propiedad de los guardas forestales. Lola no nos acompañaba en esta ocasión, aunque si Vicky protectora.

Una vez resueltos los problemas de diseño de operativo, no antes de varias propuestas y contrapropuestas, continuamos hasta el punto de partida en cinco coches.

Era ya mediodía cuando iniciamos la ascensión por una cómoda pista de tres km, que al finalizar obliga a atacar 400 m de ascensión (“a pelo, sin hamugas”) incómoda, por la vegetación que crece en las terrazas de los pinos de repoblación.

Por fin avistamos la crestería de la cuerda desde el Collado de Valdesotillas. Después de una rápida recuperación de fuerzas, desestimar las propuestas de abandono dada la hora, ver lo lejos que estaba la “caseta” de llegada, decidir el camino de aproximación a la cuerda y de constatar los abandonos por causa justificadas de cuatro efectivos, nos encaminamos a la crestería situada unos 150 m más arriba. La espectacularidad de las vistas nos animó a proseguir camino, por la impresionante crestería, con precaución y decisión hasta que a las 3 ½, un precioso collado, con cortados a norte y sur y escaleras de pizarra a este y oeste no acogió para disfrutar el champán helado, aportado por Juana y primorosamente transportado por Roberto, prólogo de la comida, rematada con un extraordinario chocolate venezolano (el mejor del mundo según los créditos de la envoltura ) aportado por José Antonio En el horizonte Peña Lara, el Ocejón, el Cerro San Pedro, Peña la Cabra y muchos más picos recitados por Rogelio, amigo de Fidel, y en los valles muchos pueblos de nombres recitados por quién quiso, que con mayor o menor fortuna se otorgaban a los conjuntos urbanos que se contemplaban.

Eran ya las 4 ½ y no había que perder tiempo. Quedaba lo más espectacular de la crestería, sobre la que volaba Rogelio, el amigo de Fidel, y los demás pasábamos con precaución. Una hora más tarde estábamos sobre la Centenera (1.810 m.), que aún sin ser dos mil se mereció un tintirintin.

Cómodo descenso hasta el Collado del Hondo, donde se decidió casi por unanimidad tomar el camino de bajada a la pista y dejar para otra ocasión la cuerda que se dirige a la “caseta” de llegada.

7 km de cómoda pista, atardecer de contraluces, rojos intensos de las cárcavas del Jarama y verdes de los sembrados del Jarama, cerezos en flor que Mateo cosechará para sus aguardientes, animadas conversaciones y relajadas reflexiones.

Salimos de una curva y allí estaba la “caseta” del Palancar, presagio de la proximidad de los coches. A menos de media hora, creía yo. Pero no; fueron 32 minutos de rápida caminata, los responsables de que perdiera una apuesta con José Antonio, que pronto saldaré.

Poco después de las 7 y media partía el coche de Vicky con cinco chóferes para cerrar el operativo abierto unas horas antes. Hacia las 10 de la noche, llegaron los últimos a sus casas.

Para las estadísticas, y basados en el GPS de José Antonio, fueron 1.000 m de desnivel y casi 18 km.

Participantes: Rosa, Rafa, Gema, Jose, Vicky, Pepe, Carmen, Fidel, Rogelio, Jose Antonio, Juana, Roberto, Pedro, Menchu, Mateo, Mabu, María y Carlos.

Corolario: La Talibana se ganó su fama en buena lid y sigue deparando sorpresas, esta vez agradables, debido al mejor tono del grupo que hace cinco o seis años.

¿A dónde vamos el sábado?

No me encontraba yo en condiciones de afrontar la marcha convocada para ayer; diré que estaba algo lesionado por no entrar en más detalles y que el grupo iba a acometer la llamada marcha “talibana”, allá donde cristo perdió el gorro; así que decidimos faltar a la cita a pesar de bajar algún puesto en el ranking de participación; no importa, llevamos aún ventaja y podemos permitirnos alguna pella.

Lo malo es que estando acostumbrados a salir al monte cada sábado a tomar el aire a, hacer ejercicio y a expulsar las toxinas de la semana, no sabíamos qué hacer este. En casa siempre hay cosas que hacer pero no, no nos íbamos a quedar en casa y menos con el tiempo primaveral que disfrutamos, así que nos levantamos prontito, sin pasarse, nos cogimos el bus y al centro a disfrutar de una soleada y cultural mañana.

Se nos presentaba la ocasión perfecta para visitar el recientemente inaugurado CaixaForum y allá nos dirigimos después de asegurarnos entradas para más tarde en el Thyssen, previsores que somos; y menos mal porque ¡cómo estaba la milla cultural de la villa! hasta los topes.

La verdad es que cuando contemplas el CaixaForum por fuera y por dentro, te place lo que con dinero y buen gusto se puede hacer. Si además es en tu ciudad y lo hace una entidad financiera pues mejor, aunque te sigan doliendo las comisiones que cobran, por lo menos quedas un pelín compensado.

El inconveniente era, creía yo, que al ser la entrada libre pues ya se sabe aglomeraciones, voces, ¡señora no empuje!, ¡oiga no se ponga ahí delante! ¿no ve que estoy contemplando este cuadro?... en fin para qué seguir, seguro que lo habréis sufrido. Digo que creía yo porque luego, en el Thyssen, más de lo mismo y aquí si que cobran la entrada. Qué le vamos a hacer, esta sociedad en la que nos ha tocado acoplarnos ha generado un mogollón de palurdos con dinero que se empecinan en inundar este tipo de centros y actos, de comprar todo lo que se pone a tiro en sus tiendas y que son incapaces de asistir a una exposición o concierto en silencio o hablando en voz baja, en no correr, empujar, atajar al que avanza a ver el siguiente cuadro, etc.


Museo Thyssen-BornemiszaCaixaForum Madrid


Lo positivo, las dos exposiciones vistas y el CaixaForum en general, como idea, como edificio y sus propuestas. En cuanto a las exposiciones, si tienes oportunidad ve a contemplarlas, merecen la pena. Más interesante desde luego la de Modigliani en el Thyssen que aborda el período de tiempo entre su llegada a París y su muerte a los 35 años e incluye obras de algunos artistas que formaron parte de su entorno artístico y vital, como Brancusi, Cézanne, Derain, Foujita, Gris, Munch, Picasso, etc. En el CaixaForum pudimos admirar una selección de obras de la Galería de los Uffizi de Florencia que según sus organizadores no se encuentran habitualmente en exposición y que por primera vez se contemplan fuera de Italia; recoge ejemplos, algunos bellísimos, de Botticelli, Allori, Signorelli, Il Parmigianino, Giordano y alguno más.

A la salida, abrumados por tanta belleza, hartos de algún pisotón, bastantes codazos y tanta gente, dudábamos entre irnos a pasear al Retiro o tomar una cañas en los alrededores, y sucumbimos a la segunda, que también es arte cómo tiran la cerveza en el Cervantes o en el Mesón el Gato, y parece que los apretones y voces no te molestan tanto, aunque se empeñe el camarero en aturdirte reiteradamente con algún ¡un rueda, dos cañas, media de mojama y una de gambas! ¡Oído! le responden, como para abstraerse.

Faena de aliño

Poco que resaltar de la marcha del sábado pasado. Fuimos a lo seguro. Se sabía dónde tomar el cafelito, dónde aparcar y las pistas y senderos que había que tomar, así que sólo había que hacerlo, y lo hicimos. Son muchos años ya en el monte ¡je!¡je! y con la documentación de Rafa, pues lo dicho, quedó niquelao.

Nos reunimos como estaba previsto en Rascafría, en Casa Briscas, para tomar café y cumplir el ritual de reconocernos, saludarnos, constatar el tiempo pasado desde la última vez que vino fulano, cómo está tu madre o padre, ¡anda! una nueva, etc. y tras comprar pan dirigirnos en caravana motorizada a su parte alta, junto al campo de fútbol, para iniciar la marcha.


La ruta parte de la colonia Las Matillas, remonta por un sendero, el PR.35, que corta las numerosas y amplias zetas de una pista que se ramifica para servicio de los montes cercanos y que asciende llegando hasta los Puertos de Malagosto y de las Calderuelas, nuestro destino. En el Raso de la Cierva, a mitad de la ascensión, se descolgaron del grupo cinco de nosotros, los cómicos y sus acompañantes, pues tenían ensayo y habían de estar pronto y aseados en Madrid. Aprovechamos para hacer la parada técnica, sacar algunas fotos y despedirles entre aplausos, ¡ah! y ellos rogando que les tratáramos bien en el ranking.

Continuamos el ascenso por cortafuegos y tramo final de pista que nos condujo sin incidentes hasta el Pto. de las Calderuelas. Desde allí, tomamos la pista que, dando un amplio rodeo, nos devolvió a la del inicio de la marcha, atravesando entre medias una amplia zona de nieve, de la caída la semana pasada, que era un placer pisar de nuevo y detenernos un buen rato a comer y de sobremesa.

Volvimos a tomar el PR rompedor de zetas y economizador de kilómetros. Tanto nos gustó la bajada y tanto atravesamos que si no es porque nos dimos cuenta a tiempo hubiéramos acabado al otro lado del pueblo, con lo que fastidia eso, pero corregimos el rumbo y salimos donde queríamos, a los coches para cambiarnos y despedirnos.

Como estaba previsto, caminamos 16 Km en 7h 40’ (incluidos descansos), con una ascensión acumulada de 860 m. Los participantes: Rafa con su hija María y su sobrina Isabel -jóvenes y encantadoras ambas- Fidel, Luz, Robert, Monique, Mamen, Menchu, Pedro, Carlos, Mabu, Domingo, Mateo, José, Begoña y yo.

Fotos de la marcha

Lo dicho, marcha tranquila, conocida, bien planificada, que nos proporcionó una buena jornada de monte con los amigos ¿qué más se puede desear?