Cambio de planes

Me cuenta Rafa que el pasado sábado, ante la amenaza que representaban 24 escopetas de montería por terrenos próximos a los que recorrería la marcha, decidieron coger los bártulos y dirigirse a todo correr a las más tranquilas praderías de Alameda del Valle, desde donde subieron al Puerto de Malagosto.

Fueron los Agentes Forestales de la zona los que, viéndoles prepararse para la marcha, se acercaron a avisarles del riesgo que iban a correr y a disuadirles de dejar para mejores tiempos el recorrido planeado.

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Los participantes esta vez fueron: José Antonio, Juana, Rafa, Rosa, Pepe, Susana, Carlos, Mabu, María y José Antonio y Charo, invitados de José Antonio Espí.

El día fue soleado y frío, y de nieve na'de'na.

Apoyo a los Agentes Forestales de la Comunidad de Madrid

El pasado verano, la Comunidad de Madrid aprobó la Ley de Medidas Urgentes y de Modernización del Gobierno y la Administración de la Comunidad de Madrid, que entre otras medidas restringe el acceso de los Agentes Forestales a los montes o terrenos forestales particulares, lo que puede suponer un grave impedimento a sus labores de preservación del medio natural y constituir un grave atentado al interés general.

Por consiguiente, subscribo y aliento desde aquí a adherirse al manifiesto de apoyo a los Agentes Forestales de la Comunidad de Madrid en el que se solicita la retirada del artículo 9 de la citada ley.

Para más información:

¡Ánimo! Somos ya cerca de 9.000 los firmantes.

Subida al Mondalindo

No es de mis preferidos este monte, será por lo pelado que está o porque exige más esfuerzo que el que su altitud presagia, el caso es que lo tengo una cierta manía. No sé si por socorrido, dada la cercanía de Madrid, o por qué otra oculta razón, lo subimos varias veces al año y, como digo, a mi no me hace tilín. Sin embargo he de reconocer que una vez arriba, y si el día es claro como el de ayer, las vistas que ofrece son preciosas, así que prometo replanteármelo y erradicar en el futuro este prejuicio mío.

El día era radiante y frío, así que agradecimos el café que nos tomamos enfrente de la iglesia de Garganta de los Montes (1139 m). Decidimos salir aunque Seijas aún no había aparecido, parece ser que estaba visitando distintas localidades de la zona: Bustarviejo, Valdemanco, La Cabrera, etc., el GPS de Seijas es así, por lo que Rafa, como buen cojefe y amigo, se quedó en el pueblo a esperarle y llevarle a nuestro encuentro a paso legionario, en lugar del paso de camello que llevamos por lo general.

Al llegar a la puerta que da paso al término municipal de Canencia, casi recién alcanzados por Rafa y Seijas, hicimos un alto para tomar unos aperitivos y despedirnos de Carlos, Mabu, Mateo y Fidel que tenían un compromiso en Madrid pero que no quisieron desaprovechar la oportunidad de darse un paseo por el monte, a sabiendas de que no completarían la marcha y que no contarían en la estadística.

El resto, a continuar el ascenso al Mondalindo (1833 m); subida no demasiado exigente, tendida y sin sendero o trocha que seguir, lo que originó una pequeña desbandada del grupo, o sea que cada cual subió como le vino en gana. Arriba, cacahuetes, pues aún se retrasaría el momento de comer, y foto de rigor junto al punto geodésico y una placa a sus pies en memoria de Fernando García Herreros, que nosotros desconocíamos quién era pero que, por lo escrito en ella, debió ser muy querido y joven al fallecer, 40 años.

A los pies del Mondalindo, en las proximidades de Valdemanco, han construido una urbanización de chales adosados, todos pegaditos en curva, sin árboles, que es un horror; se empeñan estos ayuntamientos serranos y promotores, con la aquiescencia de la Comunidad de Madrid, en destrozar visualmente nuestra bonita sierra y se consiente desaguisados como este que hace hermosas las canteras de granito que circundan el lugar y que, como dijo José Antonio, al menos queda el consuelo de que algún día las arreglarán, lo que por desgracia no ocurrirá con los chales.

Aprovechamos un lugar entre pinos, al sol y al resguardo del suave pero frío viento, para comer y descansar un rato, hubo quien durmió unos minutos, y en seguida a regresar que la noche se echa pronto en esta época. Seguimos durante unos pocos minutos la pista y en la primera curva nos tiramos abajo como posesos, valiéndonos de cortafuegos cuando los había y si no bosque a través para presentarnos en un santiamén frente a la ermita de Garganta de los Montes, eso sí, los cuadriceps echaban humo. Luego tranquilo paseo final por pista hasta el pueblo.

En resumen, 15 Km de recorrido, 860 m de ascensión acumulada y 7 horas y ¼ de duración, incluyendo descansos. Completamos la marcha: José Antonio, Juana, Belén, Rafa, Pepe, Carmen, Luz, Seijas, Begoña y yo.

Como siempre, después de cambiarnos nos tomamos un café y para casa. Yo, al llegar y después de la ducha, consulté el sabelotodo Google interesándome por el personaje en cuya memoria habían colocado la placa que vimos en el Mondalindo. Resulta que Fernando García Herreros, bombero, muerto en accidente de tráfico junto con un compañero en la M-40 en 2006, fue además atleta, corredor de montaña, tres veces campeón de España, y muy conocido y querido en la zona. Recomiendo visitar la página en su memoria que he encontrado y recorrer los enlaces que funcionan, merece la pena.

Estoy seguro de que en nuestro deambular por la sierra nos hemos topado con él en alguna vez. Recuerdo una ocasión en que Begoña y yo estábamos pasándolas canutas atravesando los riscos que dan acceso al Pico de los Claveles y pasó sobrevolando sobre nosotros, saltando entre las peñas, un corredor vestido como tal y no como montañero, delgado, fibroso, que nos dejó con la boca abierta y que afirmó al preguntarle que era bombero. No sabemos si era él, pero después de que he visto sus fotos en Internet, creo que bien podía ser él, quiero creerlo y dar fe de que además de atleta era buena persona, que no le importó demorar unos segundos su carrera para atender nuestras preguntas. En todo caso hasta siempre Fernando.

La Pedriza, Manzanares arriba

Jornada de transición, esto de los puentes es lo que tiene. Durante la semana, llamadas nerviosas de unos y de otros porque estábamos sin líderes ¿quién se queda en Madrid? Hay que montar algo ¿no? ¡cómo nos vamos a quedar sin monte! ¿a dónde vamos? Al final, el jueves de forma urgente Pepe y Begoña nos convocan el sábado en La Pedriza para ascender el Manzanares hasta donde lleguemos.

Sin problemas accedimos al parque, pues no se superaba aún su numerus clausus, y nos fuimos reuniendo en el aparcamiento superior de La Pedriza, punto de encuentro y de partida de nuestra marcha. En esta ocasión acudimos a la convocatoria Pepe, Carmen, Jose Mari, Gema, Rafa, Rosa, Susana, Begoña y yo.

El día era soleado y la atmósfera clara, excelente condición para hacer fotografías, pero yo decidí dar descanso a la Nikon que bastante paliza había llevado en Pradoluengo, así que tocaba disfrutar visualmente y grabar en la memoria las excelentes vistas que pudimos disfrutar durante toda la jornada.

Tras 3 Km de subida por la margen derecha del Manzanares alternando asfalto, pista y sendero, al llegar al Vado pasamos a la otra orilla para continuar ascendiendo hasta el puente de los Manchegos, donde, traspasado este, buscamos una praderita para comer y descansar un rato al sol. Entre medias, paraditas varias de reagrupamiento y otra obligada para contemplar una preciosa cascada con poza final cristalina. Luego, regreso a los coches y café reparador.

En resumen, marcha tranquila de 14 Km con 760 m de ascensión acumulada que cumplimos en 7:24 horas, incluidos descansos. Paisaje imponente con esas moles graníticas que el atardecer torna de un color rosáceo casi irreal y con una vegetación que recordamos verde por la abundancia de pinos pero que esta estación te muestra que también hay robles, sabinas, servales, etc. ahora delatados por el cambio de tonalidad.

El sábado más.

Pradoluengo 2007

Una vez más hemos de agradecer a Fidel su anual invitación de visitar su tierra por estas fechas que, como siempre, nos ha deparado paisajes maravillosos, amigos entrañables y alguna que otra anécdota organizativa de la que acordarnos algún tiempo.

Siempre he dicho que Fidel como líder no tiene parangón, es el que más y mejor delega de los que ofician en el grupo, pero, a pesar de contar con un entregado y experto equipo, tanta delegación presenta eventualmente ciertos desajustes e imprevisiones, además, claro, de los imponderables.

Sin ánimo de crítica, a modo de recordatorio comentaremos, entre otros, el despiste del dueño del restaurante que nos iba a dar de cenar el viernes, el abandono de Seijas en Pradoluengo mientras el resto cenábamos en Belorado, el olvido de que llevaba sin llover 15 días por lo que las cestas que trajimos para recolectar setas regresarían de vacío, etc. Como digo, desajustes del programa que superamos gracias a las ganas que tenemos de pasarlo bien y al citado equipo subalterno que supo improvisar una marcha sustitutiva de la esperada jornada de setas del domingo que resultó deliciosa.

El viernes, según íbamos llegando a Belorado, comenzó el ritual peregrinaje por las peleterías del pueblo buscando la “bonita, barata y que me esté bien” chaqueta de cuero, que generalmente no se encuentra. Bueno para ser sincero, creo que se encuentran más prendas cuando van las chicas solas que cuando van acompañadas por los respectivos; no sé, me da a mí esa impresión. Otros aprovecharon para comprar provisiones, sobre todo alguna botella de vino, para corresponder al habitual agasajo de viandas y caldos de que somos objeto por el equipo de Fidel.

Después nos reunimos a cenar (¿dónde estabas Seijas?) y a concretar lugar y hora de cita del día siguiente; luego a la cama, ni cafés, ni copas, que había que madrugar.

Subida al Toloño

El sábado amaneció frío y con bruma chupona. Esperamos al autocar que debido a la niebla se demoró cerca de una hora, como en los viejos tiempos de la aviación. Luego, a medida que nos iba acercando a La Rioja, el día empezó a despejar y tenues rayos de sol iluminaron los viñedos vestidos a la moda, otoñal como debe ser en estas fechas.
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En la ermita de San Ginés (640 m), cerca de Labastida (Álava), nos desparramó el autocar a los 50 integrantes de la marcha, entre oriundos y foráneos. Enfrente el Toloño, o los Toloños, porque a tres subimos. Conforme íbamos subiendo la vista nos deparaba a proa la montaña con su pertinaz nube abrazada, a popa los viñedos, campos y huertas de la Sonsierra y los meandros del Ebro, en fin, una gozada.

Tras dos exigentes rampas nos plantamos en la ermita del Humilladero (1070 m) donde aprovechamos para hidratarnos y zampar cacahuetes, ciruelas pasas, galletas de no sé qué, que patrocina Juana y que están buenísimas por cierto, y “chuches” varias. Luego otro esfuerzo adicional nos llevó a las ruinas del santuario de Nuestra Señora de los Ángeles o santuario de Toloño (1201 m).

La niebla iba y venía, lo que ocasionó un desbarajuste de aupa, unos para el norte, otros para arriba, el que no hacía funcionar el silbato preguntaba a voces ¿dónde estáis? Los organizadores, con gran criterio, convocaron a almorzar en el prado central, que es una forma bastante convincente de agrupar al personal. En esas estábamos cuando, avisados por uno de los grupos diseminados por la crestería de que el Toloño nos quedaba a 10 minutos, seis intrépidas chicas y yo decidimos pasar de la llamada a retreta y abordar la cima, que para eso habíamos venido. Testimonios fotográficos dan fe de que pisamos lo que creíamos era el Toloño y que en realidad se trataba de Peña las Doce (1252 m), un cartel situado en la cima contribuyó a la confusión.

Descendimos, almorzamos a todo correr y subimos, esta vez sí, al Toloño (1271 m) para desde allí dirigirnos a Peña Colorada (1218 m) y emprender regreso al punto de partida.

Comida de hermandad

El autocar nos condujo a Rivas de Tereso (La Rioja), donde se ubica el Asador Jose Mari, en el que dimos buena cuenta de unas excelsas “patatas a la riojana” y de unas chuletas de cordero a la brasa que Begoña y yo hubimos de compartir con dos fieras corrupias que se pusieron hasta las cejas (las aludidas saben a quién me refiero); bañado todo ello, como no podía ser de otra forma, con rioja de la Sonsierra.

A los postres, mientras dábamos cuenta de cafés y alcoholes varios, Seijas, amenazando de fuego a los almacenes de Haro por no sé que problema con el vino, estimuló al personal de tal forma que únicamente restó el “Asturias patria querida”, tal fue el repertorio de cánticos populares y acompañamiento poco afortunado de toquecitos con los cubiertos en la cristalería. Cerró el concierto Esteban con una jota, cantada más que aceptablemente.

El programa cultural continuaba, nos dirigimos pues a Briones (La Rioja) a visitar el Museo de la Cultura del Vino, en la bodega Dominio de Vivanco, que vino no lo hace bueno pero que se ha gastado una pasta gansa en montarlo y, naturalmente, piensa sacárselo a los visitantes, que para eso lo han montado.

Si nos faltó tiempo para cumplir visita al museo, no digo nada de lo fugaz que fue nuestro paso por la preciosa localidad de Laguardia (Álava). Callejeo nocturno, parada en una de sus iglesias, a esas horas cerrada, vuelta extramuros al autocar y regreso al hotel que la jornada había sido larga e intensa.

Domingo, entre hayas

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Después de desayunar y pagar a regañadientes la cuenta del hotel por la ausencia de confort, dicho en plan elegante y suave, nos trasladamos a Pradoluengo, donde nos reunimos con el resto del grupo. Al salir, la mañana era de nuevo fría (2ºC) y con niebla, pero conforme nos acercábamos al pueblo el sol iba ganando la partida. Luego, caravana de coches hasta las proximidades de Alarcia y comienzo de una ruta entre pinos, robles y hayas que nos dejó las pupilas saturadas.

La ruta trascurrió por el valle de la Genciana. Luego de un tramo inicial de bajada, llegaron las subidas, al principio suaves, más fuertes al final, hasta que desembocamos en una pista que nos condujo al mirador natural, llamado también de la Genciana, donde almorzamos, paladeando al unísono chorizo, queso y las hermosas vistas que se nos ofrecía, que a todo le damos.

El resto del camino de vuelta se realizó por pistas, algún cortafuego y bastante campo a través. Al llegar a los coches besos, apretones de manos, “buen viaje” y “hala pa’casa” que había que evitar como fuera el temible atasco de la entrada a Madrid.

Participantes y agradecimiento

No podría dar los nombres de todos los que participaron en la subida al Toloño, sí mencionaré la gran acogida que nos dispensaron todos y cada uno de los integrantes del grupo de Pradoluengo que hizo que nos encontráramos a gusto en todo momento.

Por nuestra parte acudimos a la convocatoria: Fidel, Luz, José Antonio, Juana, Trini, Maru, Susana, Belén, Mateo, Marta, Viki, Robert, Monique, Seijas, Begoña y yo.

Resta agradecer al Zurdo, Pabli, Luis Carlos, Esteban, Ángel, Carlos, Loren, etc., etc., etc., amigos ya nuestros, cuantas molestias se tomaron una vez más por hacer grata nuestra visita, su compañía, su charla, sus explicaciones y, finalmente, sus planes para nuestra próxima visita.

Hasta la próxima a todos, seguro que la habrá.

La 9ª de Beethoven

Cuando Fidel me anunció que había conseguido entradas para la Novena Sinfonía de Beethoven del jueves pasado, pero que estas eran de baja visibilidad, me temí lo peor, porque no se trataba de la Filarmónica de Berlín con Barenboim al frente, no, se trataba de algo más terrenal, y otras localidades así calificadas, en el Real o en el Auditorio, te obligan a tales escorzos que acabas molido físicamente, por lo que se debe asegurar uno de, al menos, salir reconfortado espiritualmente, ya no estamos para ciertos trotes.

La contrapartida, siempre o casi siempre la hay, era su precio ¿quién podía renunciar a escuchar tan sublime obra por tan solo 3,5 euros? ¿lograríamos cambiarnos de localidad, una vez comenzado el concierto, como habíamos hecho otras veces? ¿podríamos abstraernos del previsto medio hostil y concentrarnos en la música?

En esas estaba cuando me encontré “acomodado” en mi localidad y la orquesta ya entonando presta a comenzar, tal era la premura de tiempo con que llegamos al Monumental por empeñarnos en sacar a pasear el coche en día festivo, en lugar de ir en transporte público.

Separándome de los hechos, dejando madurar las sensaciones, buscando una cierta objetividad, he de decir que el balance final es nivelado, que ni fu ni fa vaya. En el debe, la obra es preciosa, aunque muchas veces oída, la orquesta francamente bien, sigo pensando sin embargo que la cuerda queda escasa frente al viento y la percusión (puede ser por la acústica del local) y el coro y los solistas convincentes.

En la parte negativa diremos que el local, en su parte de arriba al menos, no reúne condiciones. El problema no es tanto de visibilidad, como te anuncian y yo me temía, porque no es gran inconveniente que te impida ver las piernas del director o las primeras filas de la cuerda, o que una columna te oculte parcialmente la visión, siempre que no te toque delante claro; el problema es la incomodidad de las butacas, tan pequeñas y con tan poco espacio entre filas que te obliga a adoptar una posición invariable de principio a fin de concierto que ni te levantas en el descanso para no perder la postura, aún a riesgo de acabar entumecido.

Y para acabar, el público. Creo que el público que va los jueves al Monumental es en general entendido, que agradece tener la oportunidad de escuchar música clásica en directo a precio moderado y por intérpretes de nivel. Es en conciertos como el de esta crónica que esta ventaja que nos ofrece la sociedad de bienestar se vuelve en contra, ya que acuden en masa padres con niños como si al cine se tratase y que se muestran incapaces de decirles o de conseguir que se estén quietos y en silencio.

Pero en fin, a los asistentes en esta ocasión (Fidel, Luz, Begoña y yo) nos va el rollo y nos aventuraremos de nuevo en cuanto nos recobremos de la impresión ¿o no?